Ano 2º - N.º 03 Dezembro de 2005
La
dialéctica y la tentación analítica.
Sobre
el conflicto de paradigmas para traducir el mundo en conceptos*
Prof.
Dr.Miguel Giusti (PUC - Lima/Perú)**
Mefistófeles, personaje de renombre mundial y, por cierto, espíritu
muy cultivado, suplantó en cierta ocasión al maestro Fausto -nos
cuenta Goethe-
ante un cándido alumno que acudía a su gabinete de trabajo. Deseoso el joven
de aprender "la verdad de las cosas en la tierra y en el cielo",
Mefistófeles le sugirió en primer lugar estudiar la Lógica, en los
siguientes términos:
"Mefistofeles:
Mein
teurer Freund, ich rat'Euch drum
Zuerst
Collegium Logicum.
Da
wird der Geist Euch wohl dressiert,
In
spanische Stiefeln eingeschnürt,
Daß
er bedächtiger so fortan
Hinschleiche
die Gedankenbahn,
Und
nicht etwa, die Kreuz und Quer,
Irrlichteliere
hin und her.
...
Zwar
ist's mit der Gedankenfabrik
Wie
mit einem Weber-Meisterstück,
Wo
ein Tritt tausend Fäden regt,
Die
Schifflein herüber hinüber schießen,
Die
Fäden ungesehen fließen,
Ein
Schlag tausend Verbindungen schlägt:
Der
Philosoph, der tritt herein
Und
beweist Euch, es müßt'so sein:
Das
Erst' wär'so, das Zweite so,
Und
drum das Dritt' und Vierte so,
Und
wenn das Erst' und Zweit' nicht wär',
Das
Dritt' und Viert' wär' nimmermehr.
Das
preisen die Schüler aller Orten,
Sind
aber keine Weber geworden.
Wer
will was Lebendiges erkennen und beschreiben,
Sucht
erst den Geist heraus zu treiben,
Dann
hat er die Teile in seiner Hand,
Fehlt
leider! nur das geistige Band.
Der Schüler:
Kann
euch nicht eben ganz verstehen.“
"Mefistófeles:
Le
aconsejo, pues, mi caro amigo,
entrar
primero en el Curso de Lógica.
Allí
le peinarán debidamente el espíritu,
se
lo calzarán en botas españolas,
de
suerte que se deslice con más tiento
por
el sendero del pensar
y
no se tuerza acá y allá
y
se descarríe.
...
En
realidad, la fábrica de pensamientos
es
como la obra maestra del tejedor:
A
un golpe de pedal se mueven mil hilos, suben y bajan las devanaderas
corren
invisibles los cabos, y un
golpecito
solo fragua miles de combinaciones:
Así
también el filósofo aparece
y
nos demuestra cómo se debe proceder:
lo
primero tiene que ser así, lo segundo asá,
y
de ahí se deriva lo tercero y lo cuarto,
y
si no existiera lo primero y lo segundo,
no
tendríamos nunca lo tercero y lo cuarto.
Así
lo aprecian los discípulos por doquier,
pero
ninguno ha llegado a ser tejedor.
Quien
aspira a conocer y describir algo
vivo,
busca
ante todo desentrañarle el espíritu;
tiene
entonces las partes en sus manos
sólo
falta, ¡por desgracia!, el lazo espiritual".
El alumno:
Temo que no llego a entenderlo del todo.”[i]
Mefistófeles centra su atención en la metáfora del tejido, la cual,
como sabemos, fue entre los griegos el motivo originario al que aludía la
palabra análisis, que fuera luego empleada para designar la operación
de enlazar y desenlazar conceptos entre sí. Pero la comparación es en estos versos
aun más sofisticada -más
moderna-,
pues de lo que se nos habla es de un telar y, respectivamente, de una fábrica
de pensamientos: lo que en un caso es la compleja conexión mecánica de
movimientos e hilos, lo es en el otro la trama coherente de las demostraciones.
Múltiples asociaciones podrían hacerse sobre estos versos, que los
labios de Mefistófeles y la pluma de Goethe han dotado de exuberante densidad.
Yo quisiera detenerme tan sólo en un motivo típicamente romántico, y de
notoria actualidad -como
la poseen, por lo demás, algunos otros motivos románticos-,
a saber: en el acentuado contraste entre la ciencia y la vida, o, como lo dice el mismo Goethe, entre la lógica y el espíritu.
"Quien aspira a conocer y describir algo vivo, busca ante todo desentrañarle
el espíritu; tiene entonces las partes en sus manos, y sólo falta, ¡por
desgracia!, el lazo espiritual." ("Wer
will was Lebendiges erkennen und beschreiben, / Sucht erst den Geist heraus zu
treiben, / Dann hat er die Teile in seiner Hand, / Fehlt leider! nur das
geistige Band.") La minuciosa descomposición efectuada por la fábrica de pensamientos
sólo logra poner de manifiesto, y poner en ridículo, la vanidad de esa
empresa. Su objeto, la vida, se le escapa de las manos, en las que retiene sólo
los elementos aislados. El espíritu, como lo sugiere aquella imagen que nos ha
sido transmitida desde Heine hasta Ryle, no llega a nacer de la máquina.
La palabra "análisis" no aparece en esta escena, aun cuando,
como hemos visto, son numerosas las imágenes que nos permiten evocarla. Es
Hegel quien hace la referencia explícita y nos remite al pasaje con el que
empezamos. Leemos, en efecto, en el § 38 de la Enciclopedia: "El análisis
parte de lo concreto... El empirismo se halla en un error si piensa que al
analizar los objetos los deja inalterados, pues en realidad lo que hace es
convertir lo concreto en abstracto. Por ello ocurre también que lo vivo es
aniquilado, pues sólo lo concreto es viviente... En la medida en que el análisis
permanece en el punto de vista de la separación, cabría aplicarle aquellas
palabras del poeta: "Hat die Teile in ihrer Hand / Fehlt leider nur das
geistige Band." ("Tiene las partes en sus manos, y sólo falta, ¡por
desgracia!, el lazo espiritual.")[ii]
Hegel asocia pues el análisis, de acuerdo con la tradición, a la
operación lógica de separación y descomposición de una totalidad en sus
elementos constitutivos -en
sus determinaciones conceptuales-
y considera, como Mefistófeles, que semejante operación cognoscitiva, tomada
por sí sola, transforma, distorsionándola, la vida que supuestamente
pretende captar. La referencia al empirismo, en la cita comentada, debe
entenderse por eso sólo como un caso, entre otros muchos, en los que se
pone en marcha el método analítico del conocer. Pero, ¿a qué llama Hegel más
exactamente "análisis"?, y, ¿en virtud de qué consideraciones
metodológicas alternativas cree poder desautorizar o relativizar sus alcances?
Pasemos pues a considerar con más detenimiento la relación prometida en el título
de este ensayo, la relación entre análisis y dialéctica, tal como es
comprendida y expuesta primeramente por Hegel.
I
En líneas generales, puede decirse que Hegel encuentra y reformula un
doble juego de oposiciones en que se halla comprometida la noción de análisis:
la oposición entre análisis y síntesis y la oposición entre analítica
y dialéctica. Entre análisis y síntesis, entre resolutio y
compositio, encuentra Hegel en los modernos -por ejemplo en la definición cartesiana del método[iii]
o en la idea leibniziana de una ars combinatoria[iv]-
una relación de complementariedad, un mismo movimiento ascensional y
descensional de descomposición y reconstitución de los conceptos, extraído
del modo de proceder de las matemáticas y postulado como paradigma metodológico
de la búsqueda de un fundamento último. Pero es sabido qué opinión le merece
a Hegel esta fascinación que ejerce entre los filósofos modernos el modelo de
la geometría. En el Prólogo a la Fenomenología del espíritu[v]
hallamos un juicio severo sobre las insuficiencias de dicho método, así como
sobre el profundo equívoco que encierra su aplicación a la filosofía. En lo
que respecta a la primera oposición entre análisis y síntesis, Hegel rechaza
pues el marco global que da sentido a su relación, tal como lo descubre entre
sus contemporáneos. Si, como veremos luego, él mismo define el método de la
filosofía como simultáneamente analítico y sintético, es porque otorga a
ambas nociones un significado diferente, o, más exactamente, porque establece
entre ellas una relación de nuevo tipo, ausente en su definición habitual. De
qué relación se trata, lo podremos entender si tomamos el segundo juego de
oposiciones del que hablábamos hace un instante: la oposición entre analítica
y dialéctica.
A este respecto, Hegel se considera a sí mismo un continuador de la
obra de Kant, a quien llama explícitamente "predecesor" ("Vorgänger")
y "autoridad" ("Autorität") en la materia[vi].
Por cierto, Kant define a la dialéctica como la "lógica de la ilusión"
o "de la apariencia" ("die Logik des Scheins")[vii],
la cual, en su forma originaria, "no corresponde en modo alguno a la
dignidad de la filosofía"[viii].
Pero, lo que a Hegel le interesa es sobre todo el hecho de que, en Kant, la
metafísica se ha convertido en lógica, en lógica trascendental,
dentro de la cual a la dialéctica le corresponde ocuparse de "la
objetividad de la apariencia y la necesidad de la contradicción que
pertenece a la naturaleza de las determinaciones del pensamiento"[ix].
En tal medida, Kant "ha puesto a la dialéctica en un lugar más alto"[x],
pues la ha diferenciado claramente de esa otra dialéctica conocida por la
tradición, que él llama "meramente lógica", y que consistiría, en
su opinión, en un ejercicio elemental de descubrimiento y eliminación de
errores o artificios de la argumentación[xi].
De esta otra dialéctica hablaremos más adelante. Por el momento nos
basta retener el hecho de que Kant separó estructuralmente el dominio de la
certeza cognoscitiva del de la apariencia del saber; el primero lo designó con
el nombre de analítica (del entendimiento), y el segundo -él
también constitutivo del pensar-
recibió el viejo nombre de dialéctica (de la razón). Hegel
asumió esta distinción en virtud del carácter esencial atribuido por Kant a
la dimensión antinómica de la razón, y en virtud también del programa lógico
de superación de la metafísica tradicional. No obstante, lo que en Kant hace
las veces de un límite, en Hegel
sirve para caracterizar un programa de
la razón.
Ahora bien, para que la dialéctica deje de ser señal de una aporía y
se convierta en promesa de su superación efectiva, es preciso que ella sea
reformulada y redefinida con respecto al mismo doble juego de oposiciones en el
que ha hecho su aparición. Esta operación consiste en modificar la relación
kantiana entre análisis y síntesis de modo tal que la síntesis -la síntesis de la apercepción-
se convierta en el motor del trabajo analítico mismo, haciendo posible el
"automovimiento del contenido" con el que Hegel suele caracterizar
al método dialéctico. También en esta empresa tiene Hegel predecesores
conocidos, emparentados entre sí por un motivo, una vez más, de origen romántico.
Es sabido que los idealistas alemanes -Reinhold
en primer lugar-
creyeron poder culminar el programa sistemático de Kant atribuyéndole a la conciencia
o al yo teoréticos la capacidad de autodeterminación que Kant
había reservado para la razón pura práctica. Así se explica que Fichte
considere al yo -más exactamente: a la acción del yo
(la Tat o la Handlung des Ich)-
como principio primero de su sistema, o que Schelling o Hegel, cada uno a su
manera, imaginen un movimiento autogenerador del espíritu. No olvidemos, por lo
demás, que sólo pocos instantes antes de la irrupción de Mefistófeles en el
gabinete de estudio, hemos podido escuchar los famosos versos de Fausto ante la
Biblia abierta, que terminan en la sentencia: "Im Anfang war die Tat!"
("¡En el principio era la acción!")[xii].
La dialéctica es redefinida pues por Hegel como movimiento
sintético inmanente al análisis mismo. Esto, sin embargo, es tan sólo una
declaración postulatoria que no da cuenta aún del sentido que poseen los términos
así combinados, ni de la razón por la cual sería legítimo hablar aquí de movimiento.
Vale la pena pues que nos detengamos a observar con más precisión en qué
consiste esta tarea, ambiciosa y enigmática, que Hegel asigna al método de la
filosofía.
Sea cual fuere la forma o el contexto de su aparición en las obras de
Hegel, la dialéctica necesita siempre de un punto de partida, de un comienzo
(de un Anfang). Más exactamente: necesita de un conflicto de
puntos de partida. Porque, si por hipótesis, no hubiese más que una
posición de indiscutible evidencia intrínseca, entonces no habría necesidad
de mediación alguna -la
dialéctica sería superflua. Técnicamente hablando, desde el primer capítulo
de la Ciencia de la lógica, el comienzo se llama
"Bestimmtheit" ("determinidad"). La "determinidad"
consiste en un qué específico, digamos: en la fijación de una posición,
la cual, por definición, aunque no sea sino de modo implícito, excluye de sí
justamente todo lo que ella no necesita para existir como posición. No importa,
en realidad, de qué posición se trate, es decir, cuál sea su contenido:
cualquier opinión, cualquier palabra, cualquier trazo son susceptibles de
semejante caracterización, pues en todos los casos la determinidad es afirmada
por medio de la diferencia con lo otro de sí misma. En el comienzo, al fijarse
la posición, la diferencia no tiene por qué estar tematizada. Convertir a la
diferencia (a la diferencia con otra u otras determinidades) en un tema
equivale, en efecto, como dice Hegel, a establecer una relación (Verhältnis)
entre las posiciones y, por tanto, a adoptar un punto de vista, una posición,
distinta ya y más compleja de aquélla que constituía el comienzo. Para el
comienzo mismo basta sólo -más bien: es necesario-
que emerja una posición en su positividad o en su inmediatez.
Percatarse de la diferencia implícita en la posición inicial, advertir
su inmediatez, significa reconocer que la posición no era todo, que ella es
relativa o que es justamente sólo una posición. De este modo se
distingue, de un lado, aquello que inicialmente había sido afirmado de aquello
que fue excluido de la afirmación, y se distingue además, de otro lado, la
posición primera inmediata exenta de incertidumbre, de la nueva posición que
reconoce su propia relatividad. Esta operación lógica, que en el vocabulario
hegeliano (pero también en el de la filosofía crítica), se denomina reflexión
(Reflexion), es en realidad trivial, y puede verificarse
constantemente en nuestros diálogos cotidianos. Cuando alguien da su opinión
sobre un tema cualquiera, adopta, en el sentido indicado, una posición
determinada, la cual en principio puede ser o no ser objeto de controversia.
Si no lo es, puede presumirse que cuenta, en términos generales, con la
comprensión o el asentimiento de los interlocutores. Pero ocurre precisamente
con frecuencia que algún interlocutor manifiesta su desacuerdo, adoptando él
también una posición al respecto. Para la posición inicial, que puso
literalmente en marcha el diálogo, la posición discrepante es motivo
suficiente para caer en la cuenta: 1) de que la posición adoptada había
excluido otras perspectivas posibles y defendibles, y 2) de que por ello mismo
la posición inicial se convierte ella también en una perspectiva, diferenciándose
así de la cosa con la que al comienzo se había identificado de modo inmediato.
La reflexión, en este caso, consiste en un distanciamiento de la propia posición
inicial, pero sin renunciar por ello necesariamente a la pretensión de dar
cuenta del tema que ahora está ya en discusión.
La reflexión designa pues la doble relación existente entre las
determinidades y entre cada una de ellas consigo misma y con las otras. Ella es
el inicio de la dialéctica, pero por sí sola no es aún dialéctica. Porque no
sería difícil, a decir verdad -ocurre
de hecho en no pocos casos-, imaginar un conflicto de posiciones que se
prolongase indefinidamente, una suerte de reflexión al infinito, en la que se
reprodujese una y otra vez la controversia inicial sin avanzar en su solución.
A ello se debe, entre otras cosas, que el mismo Hegel llame a la filosofía crítica,
vale decir, a la filosofía guiada por el modelo del análisis, una
"filosofía de la reflexión", pues ella habría fijado y perpetuado,
en su opinión, las múltiples oposiciones descubiertas por el entendimiento. La
dialéctica, en cambio, exige algún tipo de solución, de superación, del
conflicto de la reflexión. En el ejemplo del diálogo, el conflicto puede
considerarse resuelto cuando en el intercambio de argumentos se encuentra alguno
que resulta convincente o plausible para las partes en disputa. Sin necesidad de
abandonar sus puntos de vista iniciales, los interlocutores pueden acceder por vía
argumentativa a un terreno común de mayor amplitud que englobe sus posiciones
sin desfigurarlas.
Ahora bien, como se habrá notado ya, el ejemplo del diálogo, si bien
puede ser ilustrativo, es también equívoco en este contexto. Hay, en el diálogo,
dos rasgos constitutivos que no parecen condecirse con la dialéctica hegeliana:
la diversidad de sus fuentes de inspiración, en primer lugar, y la forma consensual
de su resolución, en segundo lugar. En cuanto a lo primero, es evidente que las
posiciones, en un diálogo, no guardan entre sí, al menos en primera instancia,
una relación lógica de implicación o de exclusión, como parecería ser
indispensable en el caso de la dialéctica de Hegel. Pensemos por un instante,
para que nuestro ejemplo sea más ilustrado, en los diálogos de Platón. Allí,
en los momentos cruciales en los que el conflicto se hace manifiesto, ocurre con
frecuencia que Sócrates cuenta una leyenda, relata un mito, propone una alegoría.
No es que estos recursos estén desvinculados del curso inmanente del diálogo -en
tal caso habrían impedido su continuación-;
pero es claro que su pertinencia para el tema en disputa no se deriva de lo que
acaba de ser expresado por un interlocutor, sino en todo caso de un horizonte de
comprensión más vasto que puede servir, a ambos, de inspiración de múltiples
maneras. En cuanto a lo segundo -a la forma de resolver el conflicto-,
en el caso del diálogo el desenlace está sujeto a la posibilidad de hallar un
argumento que obtenga el asentimiento de los interlocutores, sin que pueda
tampoco hacerse valer la obligatoriedad de una demostración. La falta de
necesidad lógica, en ambos casos, impone límites a la comparación entre el
desenvolvimiento del diálogo y el mecanismo de automovimiento que Hegel espera
del método dialéctico.
Para garantizar la necesidad del surgimiento y de la superación
de la reflexión, Hegel debe imaginar por lo tanto un modo inmanente de
producción de todo el proceso metodológico. A esto nos referíamos justamente
al decir que, para él, la síntesis debe convertirse en el motor del trabajo
analítico mismo. En el marco relativo a los elementos de que se compone la
reflexión, dicha función inmanente reposa sobre el concepto de presuposición
(Voraussetzung). En efecto, Hegel advierte, no sin astucia, que toda
determinidad inicial tiene la peculiaridad de ser, como veíamos ya, una posición
(Setzung), pero de ocultarse además a sí misma su condición de posición;
ella es siempre, en tal medida, previa (voraus) en un sentido lógico.
Que se trate de una presuposición es por eso algo que no se puede reconocer
sino en un segundo momento, es decir, cuando se ha logrado revertir el carácter
previo de la posición. Intentar retroceder, por así decir, a fin de eliminar
la presuposición del primer momento, es imposible, pues siempre deberá
recurrirse a un algo en que apoyarse, y ese algo encerrará él mismo una
nueva presuposición. De ser esto así, parece entonces posible imaginar una
relación inmanente -"un
automovimiento"- entre los conceptos determinados: la inmanencia
estaría dada por el proceso mismo de recuperación de lo presupuesto. No por la
intervención externa del investigador ni por libre asociación de conceptos,
sino por la puesta de manifiesto de lo que había sido implícita pero
necesariamente ocultado para iniciar el itinerario. Por ser presupuesto, el
comienzo no puede dar cuenta de sí mismo más que por medio de la supresión de
la presuposición; pero suprimir la presuposición quiere decir precisamente
establecer aquella doble relación consigo mismo y con el otro que habíamos
identificado como la "reflexión". La novedad en este último caso
reside en el hecho de que la reflexión es efectuada a partir de los
conceptos determinados y de modo intrínseco.
Por esa vía piensa Hegel resolver el problema del origen del
dinamismo de los conceptos. Queda, sin embargo, aún por resolver la dificultad -la enorme dificultad-
de establecer el punto de partida que permita desencadenar toda la serie,
hilvanar todo el tejido de los conceptos, es decir, de establecer "¿Cuál
debe ser el comienzo de la ciencia?" ("Womit mub der Anfang der Wissenchaft gemacht werden?").
Sobre este punto volveremos más adelante.
El
segundo problema que habíamos detectado por comparación con el diálogo era la
forma de solución del conflicto, conflicto que ahora podríamos considerar como
autogenerado. Aun concediendo, en efecto, que la posición sea generada por el
mecanismo de la presuposición, ello no es suficiente para establecer por qué o
en qué momento habría de producirse una superación de dicha oposición,
permitiéndose así que se reinicie nuevamente todo el proceso. Lo que Hegel
pretende es bastante claro: quiere mostrar, demostrar, que la relación
que conocemos como reflexión se relaciona nuevamente consigo misma o,
para decirlo en términos menos solipsistas, que la oposición inicial puede ser
captada desde un nuevo punto de vista que sería el punto de vista de su
unidad. Por eso caracteriza a la dialéctica como una reflexión sobre
la reflexión (Reflexion der Reflexion). En virtud de esta operación
metodológica vemos aparecer una serie de conceptos que hacen las veces de
unidad conceptual de las oposiciones iniciales, y que nos revelan indirectamente
cuán amplia era la gama de presuposiciones que había estado en juego en las
posiciones dogmáticas de la disputa primera.
Dejo por el momento estos meandros por los que se está encaminando mi
argumentación, para recapitular lo que hemos venido analizando hasta aquí, y
para no perder de vista el tema central que anima a esta exposición. Frente al
dilema en que se encuentra el paradigma moderno de la analítica del
entendimiento -dilema
que Goethe, y Hegel con él, ilustran por medio de la escena del drama citada al
comienzo-,
y con el propósito de hacer emerger nuevamente la vida que se escurre entre los
engranajes del análisis, Hegel asume la vieja, desacreditada, noción de la
dialéctica, asignándole la tarea de reconciliar entre sí, de modo inmanente,
los múltiples puntos de vista constitutivos de la razón. Empleando los mismos
recursos categoriales de Kant, pero modificando sustancialmente su interrelación,
convierte Hegel a la dialéctica en un movimiento sintético de producción y
resolución de las oposiciones del trabajo analítico. Se trata de una reflexión
sobre la relación de reflexión desatada por el conflicto entre determinidades,
conflicto hecho manifiesto gracias al mecanismo de la presuposición. Ahora
bien, como vimos por la comparación con el diálogo, el proceso dialéctico,
aun admitiéndose su autogeneración, enfrenta al menos dos dificultades cuya
solución se expone a fundadas reservas: la determinación del punto de partida
absoluto y la decisión acerca del momento y el modo de la superación del
conflicto. Para tratar de iluminar estas dificultades, podría sernos de ayuda
en este punto rememorar la constelación originaria en la que se produjo la
distinción entre análisis y dialéctica. Volvamos pues por un momento la
mirada a Aristóteles.
II
La determinación del papel de la dialéctica en Aristóteles ha dado
lugar -como
no podía ser de otro modo-
a numerosas disputas en la tradición filosófica y es aún hoy un tema
controvertido entre los especialistas. Me veo, por eso, obligado a pedir
clemencia a los eruditos, porque no podré satisfacer la legítima demanda de
pruebas de cada uno de los pasos que daré. Destacaré sólo aquello que es
relevante para el curso de mi argumentación.
Fue Aristóteles, como sabemos, quien acuñó la diferencia terminológica
entre analítica y dialéctica (entre analítica y tópica), en el
marco de una reflexión sobre el método que, luego de múltiples peripecias, se
prolonga hasta la estructura categorial de la Crítica de la razón pura
o, como hemos visto, incluso hasta la Lógica de Hegel. Analítica es
el título que Aristóteles mismo otorga a la investigación sobre el método
apodíctico de la ciencia que parte de premisas evidentes y se rige por reglas
precisas de deducción e implicación. El método dialéctico, en cambio,
es presentado como un arte más general de argumentación que, dando por sentada
justamente la no evidencia, es decir, el desacuerdo entre los interlocutores
acerca de un tema, recurre a fórmulas plausibles que logren crear un consenso[xiii].
En ambos casos se emplean silogismos, los cuales, de acuerdo a la
definición aristotélica, son discursos (logoi) que permiten llegar,
"a través de lo establecido" (dia ton keimenon), a "algo
distinto de lo establecido" (héteron ti ton keimenon)[xiv].
Lo que los diferencia es su punto de partida, la premisa (prótasis) del
razonamiento silogístico: en el caso de la demostración científica (apódeixis),
las premisas son principios (archai) que poseen evidencia y
anterioridad con respecto a lo que de ellos se deriva[xv]
-ellos
mismos no son (ni pueden ser) demostrables, sino son más bien el punto de apoyo
de la demostración-; en el caso del silogismo dialéctico, en cambio, lo
que hace las veces de premisa es sólo "éndoxon",
"probabilis" ("probable") -según
la equívoca versión tradicional-, "plausible" -de
acuerdo a una traducción que parece más adecuada (aunque no del todo satisfactoria)-.
"Éndoxon" es, en efecto, aquella posición (para usar los términos
de la definición del silogismo) que es compartida "por todos, por la mayoría
o por los sabios"[xvi]
y que constituye, en tal medida, una instancia, una dimensión o una presuposición
en la que los interlocutores pueden reconocer un lugar común que les permita
resolver su controversia. No es pues "probable" o "vero-símil"
en el sentido de una evidencia de rango inferior con la que uno debiera
contentarse en aquellos ámbitos en que no es posible aplicar los criterios analíticos,
sino es más bien la instancia última de apelación de todos los discursos
argumentativos -incluso aquéllos que se refieren a los principios
primeros-,
instancia que se halla justamente "en la doxa".
La dialéctica, dice Aristóteles, es "un método a partir del cual
podemos razonar (synlogítsestai) sobre todo problema que se nos proponga
a partir de cosas plausibles (éndoxon)"[xvii].
En términos generales, "razonar" consiste en hacer uso del mecanismo
de la presuposición -en extraer de lo establecido algo distinto de lo
establecido-, por medio del cual remitimos el saber inmediato a
un saber subyacente que le está ligado de modo intrínseco. Pero lo propio de
la dialéctica es que este razonamiento se lleva a cabo sobre un problema
(próblema), es decir, sobre "una cuestión acerca de la cual o no
se opina ni de una manera ni de otra, o la mayoría opina de manera contraria a
los sabios, o los sabios de manera contraria a la mayoría, o bien cada uno de
estos grupos tiene discrepancias en su seno"[xviii].
Para activar el método argumentativo de la dialéctica, tiene que surgir pues
previamente un "problema" en el sentido indicado, un desacuerdo de
opiniones que haga indispensable, o deseable, la búsqueda del consenso. Esto
significa, por cierto, que no todo es de facto objeto de dialéctica,
porque hay muchas cosas sobre las que existe acuerdo, aunque sea tácito, y
sobre las que no parece necesario debatir. Pero, desde el momento en que se fija
una posición determinada, manifiestamente discrepante con la de otros, se crea
aquella situación problemática que demanda la intervención del método dialéctico.
Es precisamente este procedimiento metodológico el que Aristóteles
parece hacer valer en sus investigaciones específicas. Difícilmente se podría
decir, en cambio, que aplique en ellas, en sentido estricto, el modelo del
silogismo apodíctico de los Analíticos. Al advertirnos, al inicio de la
Física, de la Etica o incluso del libro G
de la Metafísica, que el movimiento, el bien o el ente
"se dicen de muchas maneras" (polaxós légetai), Aristóteles
parece proponer efectivamente como punto de partida la situación problemática
característica de la puesta en escena de la argumentación dialéctica. Este
punto de partida de la investigación, que tiene lugar indiscutiblemente en la
doxa, es también primero y anterior (próteron), aunque en
un sentido distinto al de las premisas: es "próteron pros hemás"
("anterior para nosotros"); de aquí parte Aristóteles en busca
de lo presupuesto, lo cual, justamente por haber sido presupuesto, se
revela como "próteron te physei", es decir como anterior en el
sentido lógico de las premisas y los principios[xix].
Esta última anterioridad debe ser entendida pues como resultado del itinerario
y el modo en que se produjo; es una anterioridad obtenida por medio de la
resolución plausible de la situación problemática inicial[xx].
Se trata, sin embargo, de un movedizo problema hermenéutico cuya
solución compromete muchos aspectos de la obra de Aristóteles y que merecería
un tratamiento más exhaustivo. Prefiero por eso dejar las cosas como están
para retomar el rumbo de nuestra reflexión general. Mi intención era averiguar
si en el universo filosófico aristotélico, en el que se propone la distinción
terminológica entre analítica y dialéctica, podíamos hallar algún apoyo
para explicar las dos dificultades que afronta la concepción hegeliana de la
dialéctica: el problema de sus fuentes de inspiración y el problema de la
forma de solucionar el conflicto de posiciones. Por lo que hemos visto hasta el
momento, podríamos decir que Aristóteles, en su reflexión sobre el método,
no pretende en modo alguno eliminar el substrato vital -el contenido-
de sus estudios sobre las formas de razonar, sino por el contrario,
considera a la doxa como el punto de partida del debate argumentativo y
hace de ella la instancia última de plausibilidad en la solución de las
controversias. El lugar de origen -la
fuente de inspiración-
de la dialéctica -a
fortiori
de cualquier otro método- es el contexto de vida de los interlocutores, el
cual no puede ser problematizado más que a partir de los recursos que se
hallan en él mismo a disposición de sus participantes. En el interior de
semejante contexto, el método científico de la analítica aparece
como una extrapolación formal, evidente y eficaz, por cierto, pero dependiente
de un saber previo y común en el que ella resulta plausible.
De otro lado: en el desarrollo del diálogo no hay reglas fijas o específicas
que deban ser aplicadas al caso en discusión, sino hay más bien una pluralidad
de actitudes, posiciones y motivos, enraizados en la tradición común, que
pueden ser adoptados o asumidos por los interlocutores dependiendo de sus
convicciones y, por supuesto, de su ingenio. Ello explica el parentesco entre la
dialéctica y la retórica. La búsqueda
(héuresis, la inventio
latina) de los recursos -de los topoi-,
el modo de su empleo e incluso el éxito de su puesta en obra -la
producción del consenso-
estarán siempre ligados a un contexto, sin poder eliminar del todo la contingencia
de su realización. Hemos mencionado ya el ejemplo de los diálogos de Platón.
Ellos representan, por así decir, una puesta en escena del arte de la dialéctica,
que nos hace ver cuántos y cuán variados recursos pueden ser empleados en el
transcurso de la discusión, cuántos y cuán inesperados rumbos puede ir
tomando el diálogo, y cuán importante es, para su desenvolvimiento, la anámnesis
del mundo de la vida que en último término le otorga plausibilidad.
III
Luego de esta rápida revisión del modelo aristotélico de la tópica,
volvamos a Hegel y tratemos de hacer más explícita la vinculación entre ambas
concepciones de la dialéctica, así como sus relaciones con la analítica. Como
es fácilmente constatable, la dialéctica hegeliana reactualiza el programa
aristotélico de la tópica en diversos sentidos, haciendo valer su capacidad
generativa frente al formalismo de la tradición analítica. Al igual que Aristóteles,
Hegel hace reposar el dinamismo metodológico sobre el fenómeno de la
presuposición, mostrando que muchas de las oposiciones fijadas por la analítica
poseen una validez sólo relativa -relativa
al contexto presupuesto, en el que ellas adquieren, gracias a la reflexión
sobre la reflexión, su verdadera dimensión. La dialéctica es puesta en marcha
por el conflicto de determinidades. Pero la lógica de la presuposición obliga -en
Hegel, no en Aristóteles- a desplazar sucesivamente la relación subyacente
descubierta, hasta dar, por así decir, con la estructura relacionante
que explique a todas las precedentes. Todas las posiciones, todos los conceptos,
deben hallar su lugar en esta ambiciosa reconstrucción lógica. Es verdad que,
en cierta medida al menos, ésta es una genuina herencia tópica: en la medida
en que se quiebra así el esquema tradicional de las diez categorías, que el
mismo Kant asume sin cuestionar su origen, ampliándose el espectro de los
"lugares" argumentativos o conceptuales en disputa. Pero, si la
multiplicación de los recursos categoriales o la explicitación de su génesis
están asociados a la tópica, no lo está ciertamente la pretensión de
establecer un nexo de necesidad entre todos ellos.
La dificultad principal de la dialéctica hegeliana, la causa de su
desmesura, parece residir -una
vez más-
en la tentación analítica, es decir, en la tentación de someter a la
filosofía a la lógica de la necesidad. Esto es lo que se comprueba en la
consideración de los problemas centrales que nos han servido de hilo conductor
en el examen del método dialéctico: el problema del comienzo y el
problema del modo de resolución del conflicto de posiciones. En cuanto
al primero, hemos visto que Aristóteles emplea como punto de partida el
contexto vital de la doxa, en el que (o también: del que) los
interlocutores participan a través de sus múltiples creencias, opiniones o
convicciones. A ellas nos remite justamente Aristóteles al comienzo de sus
escritos con la expresión impersonal "polachós légetai". No
habiendo aquí pretensión alguna de suprimir el horizonte del que brota la
empresa metódica, podría decirse que en Aristóteles -como
seguramente también en Platón-, la dialéctica no se desenvuelve en función de
ella misma, sino en función de otra cosa que no es la dialéctica. Por eso, aun
cuando el método dialéctico sólo pueda operar sobre la base (y sobre la noción)
de la presuposición, Aristóteles no parece ver en el hecho del comienzo
un problema, sino precisamente sólo eso: un hecho. Un hecho
necesario para que el método se active, pero un hecho metódicamente
irrecuperable.
Para la dialéctica hegeliana, en cambio, el comienzo es un
problema crucial. Vimos ya, en la primera parte, que la reflexión sobre el carácter
determinado de una posición, es decir, sobre las implicaciones de una
determinidad cualquiera, le permite a Hegel hablar de una generación inmanente
del proceso metódico: el "automovimiento del contenido". Pero dejamos
abierta la cuestión de "cuál debe ser el comienzo de la ciencia". La
cuestión está planteada en singular: se trata de un comienzo, mejor
dicho: el comienzo, el único comienzo posible o el comienzo necesario.
Y está planteada en términos formales: lo que se busca no es, en sentido
estricto, el contenido implícito de una determinidad específica, sino la
estructura formal subyacente a toda determinidad. Se busca algo paradójico: se
busca tematizar metódicamente la posibilidad misma del surgimiento -es
decir: el pre (el voraus)- de cualquier presuposición. Por tal razón, el
comienzo de la Ciencia de la lógica sólo puede consistir en "lo
indeterminado" ("das Unbestimmte"), a partir del cual se debe
poder dar cuenta, por añadidura, del mecanismo que permita pasar de lo
indeterminado a la posición de cualquier determinidad.
La paradoja metódica mencionada se expresa, desde el punto de vista
sistemático, en la relación que guardan entre sí la Fenomenología del espíritu
y la Ciencia de la lógica. Es Hegel mismo quien nos advierte, en efecto,
que si bien la ciencia no puede admitir presuposición alguna y debe empezar por
"lo inmediato indeterminado" ("das unbestimmte
Unmittelbare"), su aparición como ciencia debe, sin embargo, simultáneamente
presuponer (el término es también aquí "voraussetzen") el
itinerario conceptual desplegado en la Fenomenología del espíritu[xxi].
Este itinerario, que Hegel considera una demostración ("Beweis") y
una "deducción" ("Deduktion")[xxii]
del concepto de ciencia, debe ser presupuesto porque en él se recorre,
bajo la lógica de un encadenamiento dialéctico necesario, "la totalidad
de las formas de la conciencia no real" ("die Vollständigkeit
der Formen des nicht realen Bewubtseins")[xxiii],
"la historia detallada de la formación de la conciencia misma de la
ciencia" ("die ausführliche Geschichte der Bildung des Bewubtseins
selbst zur Wissenschaft")[xxiv],
es decir, la totalidad de las posiciones conceptuales determinadas, en el
contexto cultural, o al menos en el contexto filosófico de la época. Es aquí
donde aparecen la riqueza y la diversidad de contenidos del horizonte de la doxa,
incluyendo su memoria histórica, y es por eso que la Fenomenología debe
procesar todas aquellas Gestalten, sin excepción, a fin de acceder al
punto de vista lógico del saber absoluto, es decir, a fin de neutralizar metódicamente
la relevancia del mundo de la vida al momento de iniciar la reconstrucción
científica de las relaciones entre los conceptos.
La pretensión de necesidad implícita en la noción analítica de la
demostración se hace valer asimismo en el modo de resolver los sucesivos
conflictos de posiciones generados dialécticamente. Respecto a este segundo
problema, o segundo punto de discrepancia entre Hegel y Aristóteles, hemos
observado ya que, mediante la reflexión sobre la reflexión, la versión
hegeliana de la dialéctica asegura poner al descubierto el punto de vista,
supuestamente subyacente, de la unidad de las determinidades en disputa. El modus
operandi es, sin duda, una herencia aristotélica, en el sentido en que se
trata de buscar (invenire) los topoi o los recursos
argumentativos que permitan acceder a una instancia común que, justamente por
ser común, comprende en sí misma (y relativiza) a las posiciones inicialmente
discrepantes. Pero, lo que en Aristóteles se define, por contraste con la demostración
(con la apódeixis), como plausible (éndoxon), en Hegel
pasa a adquirir la forma necesaria de la demostración. "En los
otros tipos de conocimiento –afirma Hegel-,
la demostración constituye la expresión de esta interioridad. Pero, una vez
que se separó la dialéctica de la demostración, se perdió en realidad el
concepto de la demostración filosófica."[xxv]
Si Kant, en efecto, al igual que muchos otros filósofos modernos, separó la
dialéctica de la demostración (de la Analítica), lo que Hegel pretende es no
sólo reactualizar el programa dialéctico de Aristóteles, sino asignarle además
la necesidad (la analiticidad) del paradigma moderno de la ciencia.
No obstante, es posible también (y hasta más plausible) tratar de
interpretar la Lógica de Hegel, desde una perspectiva tópica, como una
secuencia racional de situaciones argumentativas, generadas en el contexto de
la historia de la metafísica occidental, y en cuyo encadenamiento se recurre a
muy diversos topoi, comprensibles para un lector informado en dicha
tradición[xxvi].
De acuerdo a esta propuesta, podría leerse la Ciencia de la lógica como
un programa de tópica sistemática enraizada en el mundo de la vida, del que
forma parte la tradición filosófica misma. Así se recuperarían la diversidad
y la riqueza de contenidos en las que halla su razón de ser el método que
lleva el nombre de dialéctica, y se devolvería además al criterio de
plausibilidad la función que le corresponde por oposición al criterio de la
evidencia apodíctica. Todo lo cual equivale a prestar oídos al proyecto
hegeliano de actualización de la dialéctica, aunque desoyendo por cierto su
pretensión al identificar el método con el "curso de la cosa misma".
Pero no es, en sentido estricto, la plausibilidad de la filosofía
hegeliana propiamente dicha lo que se trata así de sugerir, sino la
plausibilidad de una tradición filosófica asociada a la dialéctica, que Hegel
supo hacer fructífera en su controversia con el paradigma analítico de la
modernidad con el fin de traducir el mundo en conceptos. Si a lo largo de la
historia de la filosofía, la dialéctica fue siendo paulatinamente interpretada
a la luz (y en función) de un proyecto de autonomización del método, con
pretensiones de autotransparencia especulativa, en Aristóteles, en cambio, ella
mantiene su vinculación al mundo de la vida y al horizonte de plausibilidad de
los participantes en él, y se diferencia además del ideal del análisis
deductivo, al que por otra parte incluye dentro de sí como una estilización
metódica. En el seno de esta tradición, hay formas de distinguir el modelo
cientificista de la racionalidad, que suele ser sobreentendido como ideal por
defender o como ideal por cuestionar en muchos debates actuales, de un modelo más
vasto, más "débil" se podría incluso decir, de racionalidad tópica,
que no dispone de más referente de comprensibilidad que el que le otorga su
raigambre vital y cultural. La discusión misma sobre la noción de
racionalidad, es decir, la controversia acerca del sentido, los límites o las
ilusiones de la razón, podría ser así interpretada como una discusión tópica,
a través de la cual, gracias al genio y al ingenio de muchas voces contemporáneas
discordantes, se prolonga el ejercicio del diálogo con la tradición que Aristóteles
denominaba el arte de la dialéctica.
II Congreso Internacional de Filosofía de la Sociedade Hegel Braileira
Recife, Brasil, agosto 2005
* En una versión primera y más extensa, este trabajo fue presentado como conferencia en el II Coloquio Franco-Peruano de Filosofía que se llevó a cabo en las ciudades de Estrasburgo, París y Tolosa en setiembre de 1991. La conferencia fue seguida de una respuesta de Jacques Derrida con el título: “Resistances”. Derrida ha publicado luego esta respuesta en su libro Resistencias del psicoanálisis, Buenos Aires/Barcelona/México: Paidós, 1997, pp. 11-60.
** Profesor y Director del Centro de Estudios Filosóficos de la Pontificia Universidad Católica del Perú. Director de la revista peruana de filosofía Areté. Presidente de la Sociedad Interamericana de Filosofía.
[i]
GOETHE, Johann Wolfgang von, Faust, en: Goethes Werke,
Hamburger Ausgabe, edición de Erich Trunz, Munich: C.H. Beck, 1981, I.
Teil, Studierzimmer, v. 1910-1939. Cito
la traducción española de Rafael Cansinos Assens, Madrid: Aguilar, 1973,
en 3tomos. Cf. III, p. 1323.
[ii] HEGEL (1969b), Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817), tomo 8, pp. 109-110, Agregado. Nótese que Hegel, como en otras ocasiones, modifica ligeramente la cita.
[iii] Cf. DESCARTES, René, Meditationes, II. Resp., en: ADAM, Charles/TANNERY, Paul (eds.), Oeuvres de Descartes, París: Vrin, 1974ss., tomo 7, p. 22.
[iv] Cf. LEIBNIZ, Gottfried Wilhelm, Dissertatio de arte combinatoria, en: LEIBNIZ, G.W., Die philosophischen Schriften, edición de C.J. Gerhardt, Hildesheim-Nueva York: Georg Olms, 1978, tomo 4, pp. 27-104.
[v] Cf. HEGEL (1966), p. 28ss. Cf. igualmente la Introducción a la Ciencia de la lógica, HEGEL (1968), p. 49ss.
[vi]
HEGEL (1969b), Nürnberger
und Heildelberger Schriften (1808-1817), tomo 4, p. 406.
[vii] KANT, Immanuel, Crítica de la razón pura, traducción de Pedro Ribas, Madrid: Alfaguara, 1998, B 83-86, pp. 97-100.
[viii]
KANT (1977), Logik,
A 11(tomo VI, p. 438).
[ix]
HEGEL (1968),
p. 52.
[x] HEGEL (1968), p. 52.
[xi]
Véase la Crítica de la razón pura, KANT (1998), B 353-355,
pp. 299-300, donde Kant mismo advierte que la ilusión de la dialéctica
trascendental, a diferencia de la dialéctica meramente lógica, es
constitutiva de la razón misma y por ende irremediable: "En efecto,
nos las habemos con una ilusión natural e inevitable, que se apoya, a su
vez, en principios subjetivos haciéndolos pasar por objetivos. La dialéctica
lógica sólo tiene, en cambio, que habérselas, para resolver los sofismas,
con un error en la aplicación de los principios o con una ilusión
artificial que los imita. Hay, pues, una natural e inevitable dialéctica de
la razón pura, no una dialéctica en la que se enreda un ignorante por
falta de conocimiento o que haya inventado artificialmente algún sofista
para confundir a la gente sensata. Se trata, más bien, de una dialéctica
que inhiere de forma inevitable en la razón humana y que, ni siquiera después
de descubierto su espejismo, dejará sus pretensiones de engaño ni sus
constantes incitaciones a los extravíos momentáneos, los cuales requieren
una continua corrección.” (p.
300)
[xii]
GOETHE (1981),
Faust, vv. 1224-1237.
[xiii]
Cf. ARISTÓTELES (1960), Anal. pr. I 1, 24a10ss.; Top. I 1,
100a25ss.; Rhet. I 2, 1358a1ss.
[xiv] ARISTÓTELES (1960), Top. I 1, 100a25-27.
[xv]
"La ciencia demostrativa se basa en cosas verdaderas, primeras,
inmediatas, más conocidas, anteriores y causales respecto de la conclusión":
ARISTÓTELES (1960), Anal. post. 2,
71b20-22.
[xvi]
ARISTÓTELES
(1960), Top. I 1, 100b21-22.
[xvii]
ARISTÓTELES
(1960), Top. I 1, 100a18-20.
[xviii]
ARISTÓTELES
(1960), Top. I 11, 104b4-5.
[xix] Cf. ARISTÓTELES (1960), Anal. post. I 2, 71b34-72a4.
[xx]
Wolfgang Wieland ha mostrado en forma muy sugerente -y,
por cierto, plausible-
que Aristóteles practica él mismo una filosofía de tipo dialéctico, de
modo que los principios que nos propone debieran ser interpretados como
"topoi". Cf.
WIELAND, Wolfgang, Die aristotelische Physik. Untersuchungen über
die Grundlegung der Naturwissenschaft und die sprachlichen Bedingungen der
Prinzipienforschung bei Aristoteles, Göttingen: Vandenhoeck &
Ruprecht, 1970.
[xxi] Cf. la Introducción a la Ciencia de la lógica, HEGEL (1968), p. 46.
[xxii]
HEGEL (1968), p. 46.
[xxiii]
HEGEL (1966), p. 55.
[xxiv]
HEGEL (1966), p. 54.
[xxv] HEGEL (1966), p. 43.
[xxvi]
Cf., por ejemplo, en clave hermenéutica, la obra de BUBNER, Rüdiger,
Dialektik als Topik. Bausteine
zu einer lebensweltlichen Theorie der Rationalität,
Frankfurt/M.: Suhrkamp, 1990.