ISSN 1980-8372
Ano 4 - N.º 06 Junho de 2007
El
problema del límite según Hegel.
Prof.
Lic. Pedro Karczmarczyk - Doctorando UNLP
Universidad
Nacional de La Plata (UNLP)- Comisión Nacional de Investigaciones Científicas
y Técnicas (CONICET). Argentina
- peterkado@yahoo.com
47 nº 1158, La Plata, CP: 1900, Pcia. de Bs. As. Argentina.
En este trabajo examino la concepción hegeliana del límite intentando
clarificar sus principales características. Comienzo ubicando la filosofía
hegeliana en el contexto filosófico más general del idealismo alemán,
entendiendo este movimiento como aquel comprometido en el proyecto de
proporcionar una deducción trascendental de lo absoluto. Dado este contexto,
procedo a examinar las críticas de Hegel a a la filosofía de Kant,
principalmente en la “introducción a la Fenomenología
del espíritu. El artículo concluye evaluando la adecuación de la
elucidación del tratamiento hegeliano del problema del límite mostrando como
esta noción funciona en la interpretación del tratamiento hegeliano de la
certeza sensorial en la fenomenología.
The
problem of limit according to Hegel.
In
this paper I focus Hegelian conception of limit trying to clarify its main
features. I begin locating Hegel’s philosophy in the broader philosophical
context of German Idealism, understanding it as the intellectual movement
concerned with the project of providing a transcendental deduction of the
Absolute. Having this as a
background, I examine Hegelian critique of Kantian philosophy, mainly in the
“Introduction” of Phenomenology of
Spirit, and I conclude the paper testing the way I elucidated the problem of
limit in this paper showing how this notion can be used to interpret the
treatment of “sense certainty”
in Hegel’s Phenomenology of Spirit.
Introducción.[1]
La
mejor introducción al tratamiento hegeliano del problema del límite es a través
de la presentación de la problemática que dejó abierta el pensamiento de
Kant, especialmente en la percepción de sus contemporáneos. Esto es, nuestra
tarea inicial es ubicar a Hegel en el contexto del idealismo alemán. El
idealismo alemán es un movimiento filosófico marcado por la herencia del
pensamiento de Kant, en particular por intensas controversias acerca de si
ciertas distinciones kantianas constituyen dualismos insuperables, por la
convicción general de que tales dualismos tienen que ser superados, y de que,
para superarlos, debemos mostrar que por debajo de tales dualidades hay una
unidad subyacente.
Entre
las críticas más célebres a Kant, encontramos las realizadas por Jacobi y por
Maimon. Jacobi hallaba que el dualismo entre ‘cosa en sí’ (nóumeno)
y ‘cosa para nosotros’ (fenómeno)
generaba una tensión cuya resolución no podía proveerse dentro del sistema
kantiano. De acuerdo a Jacobi, la posición de Kant habría resultado más
consistente si éste hubiera dejado abierta la posibilidad de que la realidad
fuera dependiente de la mente. Si la ‘cosa en sí’ es aquello que no puede
conocerse, justamente por ello, resulta contradictorio presentarla como la causa
de nuestras representaciones. La causalidad, es una de las categorías del
entendimiento que el pensamiento de Kant vino a mostrar que tienen un rango de
aplicación limitado al dominio de la experiencia, es decir al dominio de los
fenómenos como opuesto al dominio de la cosa en sí. En virtud de este recaudo,
señalaba Jacobi, la postulación de la cosa en sí como la causa de nuestras
representaciones incurre en una contradicción.
Por
su parte Maimon sostenía que Kant no había dado una explicación satisfactoria
de la aplicabilidad de las categorías al dominio de nuestra experiencia. Maimon
cuestionaba, entonces, la eficacia de la “deducción trascendental” de las
categorías. En opinión de Maimon, a menos que se muestre la unidad subyacente
de sensibilidad y entendimiento, la aplicabilidad de las categorías no puede
demostrarse. La cuestión que se planteaba Kant en la deducción trascendental
de las categorías era: si nuestros conceptos a
priori se derivan del entendimiento, ¿cómo sabemos que se van a poder
aplicar a las intuiciones de la sensibilidad, que son a posteriori? O, presentado de un modo más llano, si estos
conceptos no se derivan de la experiencia ¿cómo sabemos que son válidos para
ella? Maimon consideraba que la causa de esta dificultad radica en la
heterogeneidad de los conceptos del entendimiento y las intuiciones de la
sensibilidad. Entendimiento y sensibilidad contrastan de diferentes maneras: la
facultad de la sensibilidad es receptiva y pasiva, mientras que el entendimiento
es activo, los conceptos son universales y las intuiciones son particulares, los
conceptos son a priori y las
intuiciones a posteriori.[2]
Me
permito aquí hacer una presentación intuitiva de este problema. El problema
que acabamos de mencionar cuestiona la inteligibilidad del vínculo entre
intuiciones y conceptos en virtud de la heterogeneidad entre los mismos.
Consideremos, por un lado, el vínculo del concepto ‘cuervo’ con sus
instancias en la realidad y, por otro lado, el vínculo del concepto
‘cuervo’ con otros conceptos como ‘pájaro’, ‘animal’, y ‘ser
vivo’. Evidentemente, la relación de ‘cuervo’ con ‘pájaro’ y con
‘animal’ se nos presenta como una relación de una naturaleza diferente que
la relación de ‘cuervo’ con sus instancias en la realidad. Una de las notas
de la definición de ‘cuervo’ es ‘pájaro’ y una de las notas de la
definición de ‘pájaro’ es ‘animal’. En consecuencia, el vínculo de
‘cuervo’con animal y con ‘pajaro’ puede ser entendido como un vínculo
naturaleza racional, un vínculo lógico. Por su parte, el vínculo del concepto
‘cuervo’ con sus instancias en la realidad es mucho más problemática.
Podemos conocer discursivamente que negro es un color, y que los colores son
extensos, pero ¿podemos llegar a reconocer discursivamente instancias de color
negro en la realidad? ¿Qué indicación podría ayudarnos para esta tarea? El
problema parece ser que los conceptos, siendo puramente formales, no pueden
generar su propio contenido. El propio Kant reconocía que la capacidad para
hacer juicios no puede demostrarse sino que debe aprenderse por el ejercicio, a
través de la práctica.[3]
Dejemos
por ahora estos cuestionamientos, conservándolos como un esquema del trasfondo
problemático en el que se desarrolla el movimiento del idealismo alemán, para
pasar a considerar algunos de los aspectos propositivos del idealismo alemán.
En la década de 1790 Reinhold, Fichte y Schelling se embarcaron en diferentes
intentos de sistematización del pensamiento kantiano. Estos intentos se
diferencian de la filosofía de Kant, fundamentalmente, en que intentaban
producir un sistema filosófico teniendo como punto de partida una proposición
fundamental (Grundsatz). Es decir que
los intentos de sistematización invertían el sentido regresivo[4]
del pensamiento kantiano, proponiendo filosofías constructivas. El propio Kant
censuró estos proyectos, considerando que se trataba de intentos indebidos de
generar el contenido a partir de la pura forma.
En
los diferentes intentos de superación de las dificultades (dualismos) que
hallaban en el pensamiento kantiano, los idealistas alemanes desarrollaron
diferentes sistemas de filosofía que pueden agruparse bajo el rótulo de
“monismos evolucionarios”. El monismo evolucionario es una posición que
comprende a la realidad como un todo orgánico, cuyos principios pueden
comprenderse y cuya unidad puede ser articulada y expresada en un sistema filosófico.
Conviene estar atento al hecho de que un intento de esta naturaleza implica una
reformulación del significado de muchos términos. La más importante de estas
transformaciones es, tal vez, la que se opera en el significado de la noción de
‘sujeto’, que no debe entenderse como haciendo referencia a un nuevo tipo de
sustancia. El término ‘sujeto’ no va a designar para los idealistas
alemanes, en sentido estricto, lo que ordinariamente entendemos por sujetos,
esto es individuos humanos, sujetos individuales. Para los idealistas alemanes
el significado básico de ‘sujeto’ hace referencia a una estructura cósmica,
la realidad absoluta. Si tenemos en cuenta esta observación, la denominación
‘idealismo absoluto’ nos resultará más o menos transparente: en ella se
expresa la idea de que la naturaleza y la mente, o espíritu finito; el objeto y
el sujeto en sentido ordinario, no son en definitiva realmente distintos, esto
es, la idea de que la dualidad sujeto-objeto es aparente, porque detrás de los
mismos, hay una realidad unitaria que puede describirse como provista de
características mentales, como un espíritu absoluto. Si bien hay innegables
diferencias entre los diferentes pensadores comprendidos en este movimiento, es
cuestionable que entre ellos la caracterización de la realidad última,
absoluta, como ‘espiritual’ sea equivalente a la afirmación de la
inmaterialidad de la realidad.[5]
En el caso de nuestro autor, su célebre afirmación acerca de que “todo
depende de que lo verdadero no se aprehenda y se exprese como sustancia, sino
también, y en la misma medida, como sujeto”
( (Hegel 1971): 15) perdería su propósito si este ‘sujeto’ fuera entendido
como otro tipo de sustancia, es decir, como una sustancia inmaterial. El propósito
de Hegel puede apreciarse mejor en otra famosa afirmación del ‘Prefacio’ a
la Fenomenología del espíritu[6]:
“De lo absoluto hay que decir que es esencialmente resultado, que sólo al final es lo que es en verdad, y en ello
precisamente estriba su naturaleza, que es la de ser real, sujeto o devenir de sí
mismo.”[7]
El núcleo de la idea de que la realidad es espíritu, sin ser inmaterial, se
encuentra en la noción de propósito o finalidad. Consideremos la siguiente
observación del propio Hegel:
El
capullo desaparece al abrirse la flor, y podría decirse que aquel es refutado
por ésta; del mismo modo que el fruto hace aparecer la flor como un falso ser
allí de la planta, mostrándose como la verdad de ésta en vez de aquella.
Estas formas no sólo se distinguen entre sí sino que se eliminan las unas a
las otras como incompatibles. Pero, en su fluir, constituyen otros tantos
momentos de una unidad orgánica, en la que, lejos de contradecirse, son todos
igualmente necesarios, y esta igual necesidad es cabalmente la que constituye la
vida del todo. ( (Hegel 1971): 8)
Presentemos
esta idea a través de una analogía: juzgamos la identidad de la semilla con el
árbol en virtud de la capacidad de la semilla para dar nacimiento a un árbol.
No se trata de meras transformaciones, porque los distintos cambios que ocurren
a una semilla no ocurren azarosamente, sino que están orientados a la producción
de un árbol. Así decimos “esta semilla dio lugar a este árbol”, pero no
decimos, en cambio, “esta casa dio lugar a este edificio” cuando una vieja
casa es demolida para construir un edificio de departamentos. Para que una vieja
casa demolida “dé lugar” a un edificio de departamentos, hace falta la
intervención de factores externos, ingenieros, albañiles, etc., cuya acción
no depende, en modo alguno, de la naturaleza de la vieja casa demolida. Lo que
le otorga sentido a la afirmación de que la semilla da lugar al árbol, es la
presencia de un propósito en la semilla, el resultado al que está dirigida.
Aquello a que “dan lugar” las semillas depende, de manera esencial, del tipo
de semilla que se trate. Una pequeña semilla está orientada a la producción
de una árbol maduro con todas sus capacidades y funciones. Por ello podemos
sostener que la semilla es el árbol,
que el árbol está en la semilla como un propósito. La semilla no es, en este
sentido, algo distinto del árbol.[8]
De esta manera, si comprendemos que la realidad toda da lugar al espíritu, y no
de un modo accidental, sino como su propósito o consumación, podemos afirmar
que la realidad era el espíritu
incluso antes de haberlo producido efectivamente. La totalidad de la realidad no
es algo distinto del espíritu en el mismo sentido en que la semilla no es algo
distinto del árbol. La analogía con la semilla nos permite comprender mejor,
en consecuencia, porqué los idealistas alemanes en general veían en la
naturaleza inanimada el desarrollo preconsciente del espíritu. Por otra parte,
en el proceso de desarrollo que lleva a un embrión a convertirse en un
organismo maduro, encontramos diferentes partes del embrión cumpliendo
diferentes propósitos. El corazón, por ejemplo, bombea sangre. Imaginemos
ahora que dotamos al corazón de conciencia. Éste tendrá, entonces, conciencia
inmediata de sus propósitos como si fueran sus intenciones. Y al tomar nota del
funcionamiento de los diferentes órganos -el hígado, los pulmones, etc.-, podrá,
tal vez, discernir su funcionamiento como propositivo, como dotado de una
finalidad e intención, pero, sin embargo, al tomar conocimiento de esto creerá
conocer algo ajeno y extraño a sí mismo. Si se le indicara que él mismo forma
una unidad interrelacionada e interdependiente con los diferentes órganos, esta
información poco podrá contra la evidencia de la diferencia e independencia
que verifica entre sus propios propósitos –“intenciones”- y los propósitos
de los otros órganos. Si complicamos apenas nuestro cuadro imaginario y dotamos
al corazón y a los otros órganos de la libertad elemental de decir sí o no a
la realización de sus propósitos, resultará fácil imaginar que la evidencia
de su independencia podría ocasionarle al corazón y al resto de los órganos,
más de una dificultad. La experiencia hecha en estas dificultades irá
generando, gradualmente, una perspectiva ensanchada de su vinculación con ‘lo
otro’. La adquisición de este conocimiento puede verse como una cadena de
contratiempos y entusiasmos inapropiados.[9]
Sin embargo, a medida que el corazón profundice su conocimiento de “lo
otro”, cobrará conciencia de la interrelación entre las funciones de los
diferentes órganos y de su rol en relación con la finalidad del organismo. Es
decir, al conocer “lo otro” adquirirá una conciencia más profunda de sí
mismo. Cuando el conocimiento de lo otro sea suficientemente profundo, el propio
conocimiento dará cuenta de que al conocer “lo otro” no conoce en realidad
algo ajeno sino a sí mismo bajo un aspecto desconocido, el conocimiento de lo
otro se revelará como autoconocimiento. Es decir que, al tomar conciencia de su
relación de interdependencia con los otros órganos y de la existencia de un
desarrollo que lo constituye como tal, el corazón se verá forzado a abandonar
la concepción estrecha de sí mismo como sujeto de conocimiento independiente[10]
y verá el proceso de conocimiento que tuvo lugar como una vuelta reflexiva del
organismo todo sobre sí mismo. Una vez obtenido este conocimiento más
profundo, podemos describir el proceso como uno en el que, el sujeto inicial de
conocimiento, al conocer “lo otro”, se conocía a sí mismo. La filosofía
de Hegel es una que considera que la realidad tiende a conocerse a sí misma y
en la que, en ausencia de una perspectiva externa que permita contemplar a la
realidad como un todo, la realidad misma genera las condiciones, en parte a través
de los intentos frustrados por obtener el conocimiento absoluto, que permiten
tal comprensión.[11] Esto nos lleva a
mencionar otra importante transformación en el significado de los términos: en
la medida en que el acto de conocimiento no es visto como el establecimiento de
una relación entre dos términos externos uno en relación al otro, términos
independientes que entablan un vínculo meramente contingente en el
conocimiento, sino como parte de un proceso de auto-descubrimiento, el acto de
conocimiento es entendido como siendo siempre, por un lado, de manera latente o
manifiesta, un modo de auto-conocimiento y, por el otro, un modo de
autorrealización.
La
pretensión de conocimiento absoluto de la realidad, rechazada por la filosofía
de Kant y redimida por los idealistas alemanes, hace necesario que examinemos,
con un poco más de detalle, la relación de la filosofía de los idealistas
alemanes, y la de Hegel en particular, con la herencia de la filosofía
kantiana.
1. La deducción trascendental
de lo absoluto.
Para
analizar la relación de los idealistas alemanes, y de Hegel en particular, con
la herencia de la filosofía kantiana, seguiremos los lineamientos trazados por
Frederick Beiser en la introducción al Cambridge
Companion to Hegel (ver (Beiser 1999a)). Beiser
plantea una pregunta de fundamental interés para nosotros ¿Cómo
justifica Hegel el intento de conocer lo absoluto frente a la crítica kantiana
del conocimiento metafísico? Responder a esta pregunta implica considerar tres
preguntas previas: ¿Qué quiere decir Hegel por metafísica?, ¿Qué quiere
decir con “lo absoluto”? y ¿Por qué postula la existencia de lo absoluto?
Indicar
cuál es la justificación provista para la tarea del conocimiento de lo
absoluto, a pesar de la crítica kantiana, nos ocupará aproximadamente toda
esta sección. Comencemos, entonces, con las preguntas subsidiarias. En cuanto a
la primera de las preguntas previas, la pregunta por la concepción hegeliana de
la metafísica, Beiser señala que Hegel se encuentra muy próximo a Kant.
Recordemos que para Kant la metafísica es el intento de conocer lo
incondicionado a través de la pura razón. Hegel, lo mismo que el filósofo de
Koenigsberg, entiende que la metafísica es el conocimiento racional de lo
absoluto.
En
relación a la segunda cuestión, aunque Hegel no propone una caracterización
explícita de la noción de absoluto, el intérprete puede apoyarse en el hecho
de que Hegel retoma dicha noción de la presentación que Schelling hace de la
misma. En consecuencia, debemos examinar brevemente qué entiende Schelling por
‘absoluto’. Tarea que no puede abordarse sin considerar, siquiera mínimamente,
la concepción spinociana de lo absoluto. Como vemos, no sólo en cuestiones
sistemáticas, sino también en cuestiones históricas, nos enfrenta la filosofía
con la posibilidad de un regreso. Aunque, afortunadamente, dados los propósitos
de este trabajo, podemos detenernos en el filósofo holandés para lograr la
inteligibilidad deseada.
El
elemento spinociano en la noción de lo absoluto consiste en el hecho de que lo
absoluto es entendido como causa sui,
es decir, como causa de sí mismo, como aquello cuya esencia implica su
existencia. Lo absoluto es, entonces, lo que existe por si mismo y no necesita
de otra cosa para existir. De esto resulta que sólo una cosa puede satisfacer
esta definición: el universo. Se podría objetar que el universo no es la única
respuesta posible; una respuesta alternativa sería: Dios. Sin embargo, esta
idea de Dios, un Dios que no es trascendente y separado de su creación, equivale de hecho a la idea de universo. Una confirmación indirecta
de esto la encontramos en las frecuentes acusaciones de ateismo a los filósofos
que han propuesto este tipo de ideas de Dios inmanente o única sustancia (por
ejemplo a Spinoza o Fichte). Aclarado este punto podemos decir, entonces, que
otra opción resultaría en una noción contradictoria de lo absoluto: si lo
absoluto fuera algo menor que el universo entero, entonces habría algo por
referencia a lo cual podría ser concebido, y con ello lo absoluto dejaría de
ser absoluto.
Como
sostienen varios intérpretes,[12]
la metafísica de Schelling y Hegel no se ocupa, contrariamente a lo que muchas
veces se piensa, de entidades sobrenaturales como Dios, la providencia y el
alma. Lo que los intérpretes quieren señalar, a través de estas
observaciones, es que el Absoluto hegeliano no
es una cosa de cierta clase, sino la totalidad
de la cual todas las cosas son parte.
Pero
la concepción de lo absoluto que Hegel retoma de Schelling contiene también un
elemento antiespinociano. Este elemento consiste básicamente en que el absoluto
de Schelling y Hegel no tiene las características definidamente mecanicistas e
inertes que tenía para Spinoza. El rasgo diferenciador consiste en que
Schelling concibió la sustancia como dotada de un elemento vitalista y
finalista, a partir de lo cual lo absoluto es concebido como una totalidad viva,
autogenerativa y autoorganizativa.
Esta
diferente concepción de lo absoluto era, a los ojos de los idealistas alemanes,
una consecuencia necesaria del desarrollo de las ciencias: los descubrimientos
realizados en áreas como la electricidad, el magnetismo y la biología “imponían”,
a su juicio, una concepción más dinámica de la materia. Entre otras cosas, la
nueva concepción dinámica de la realidad les parecía contener la solución al
problema de la distinción mente cuerpo, en la medida en que toda la realidad
está más o menos viva. El espíritu es el grado de organización más alto de
la materia y la materia es el desarrollo, preconsciente aún, del espíritu. En
este sentido, los idealistas alemanes se insertan en la tradición del
materialismo vitalista de Giordano Bruno, quien comprendía a la materia de una
manera no mecánica, es decir como un organismo vivo orientado teleológicamente.
Si
bien es importante señalar la herencia schellingiana en el pensamiento de
Hegel, fundamentalmente a través de la concepción de lo absoluto, las
diferencias que Hegel mantuvo con Schelling no son menos importantes. Estas
diferencias radican, básicamente, en la concepción schellingiana de la
identidad de sujeto y objeto. La tesis de la unidad, en última instancia, entre
sujeto y objeto, según señalamos, es un rasgo general del idealismo alemán.
Hay, sin embargo, diferencias importantes en el modo de entender esta tesis.
Hegel desacuerda con Schelling, fundamentalmente,
en que el conocimiento de dicha unidad pueda obtenerse de modo inmediato,
a través de la intuición intelectual. Este conocimiento intuitivo de lo
absoluto sería esotérico, ya que quien lo posee “asegura que quienes no se
dan por satisfechos con ese modo de ver revelan con ello su incapacidad para
adueñarse del punto de vista de lo absoluto” y también vacío ya que
“hacer pasar su absoluto por la noche en la que, como suele decirse, todos los
gatos son pardos, es la ingenuidad del vacío en el conocimiento.” ( (Hegel
1971): 14-15)
Podemos
dotar de algún contenido a la idea de lo absoluto que acabamos de mencionar
refiriéndonos a la presentación kantiana de la idea de la naturaleza como un
organismo.[13]
En la Crítica de la facultad de juzgar (1790) (ver (Kant 1991)), Kant
examina la noción de una finalidad en la naturaleza. En su presentación,
Kant desarrolla esta idea ligada al examen de la capacidad de juicio. Kant
encuentra que para la facultad de juicio no podemos encontrar un principio a
priori constitutivo, puesto que un principio semejante requeriría
nuevamente de una capacidad de juicio para ser aplicado. ¿Significa esto que no
hay ningún principio a priori para la facultad de juicio? De lo que hemos señalado
se sigue que la respuesta de Kant tiene que ser que no hay tales principios si
nos referimos a los mismos como principios constitutivos. Sin embargo, Kant señala
que cabe aún la posibilidad de encontrar un principio regulativo.
Kant
distingue dos tipos de juicio y dos modos de ejercer la capacidad de juicio. Los
juicios pueden ser determinantes, cuando la tarea que enfrentamos es hallar un caso de
un concepto, por ejemplo cuando dispongo del concepto de árbol y debo encontrar
un caso del mismo en la realidad. O bien los juicios pueden ser reflexionantes,
cuando la tarea que enfrentamos es la de encontrar unidad en una multiplicidad
dada, por ejemplo cuando se me presentan diferentes casos individuales, jacarandá,
lapacho, olmo, roble, y debo hallar el universal que los subsume (árbol). La
multiplicidad considerada puede consistir de un conjunto de casos individuales,
pero puede consistir también de un conjunto de generalizaciones de cierto nivel
que esperamos sistematizar bajo una generalidad de mayor nivel. Evidentemente el
ejercicio de la facultad de juzgar reflexionante tiene una importancia
vital para el conocimiento científico, en el que no nos conformamos con
encontrar generalidades, diferentes leyes que no se conectan entre sí, sino que
aspiramos a obtener un cuadro sistemático de la naturaleza. En la tarea de la
reflexión nos orientamos por la idea de que la naturaleza es un organismo
(tiene una finalidad); esto es, si bien no conocemos que lo sea, tenemos que
proceder como si lo fuera. Kant
considera que sería irracional emprender esta tarea si no pensáramos que
podemos tener éxito en la misma. Y pensar que podemos tener éxito en la misma
al intentar encontrar unidad para una multiplicidad dada es concebir a la
naturaleza como producto de una voluntad inteligente para uso de la facultad de
juzgar. Este pensamiento es un principio regulativo (y no
constitutivo) de la facultad de juzgar reflexionante. Pero, si bien nos
vemos obligados a representarnos la
naturaleza de este modo, hay que insistir en que no podemos conocerla
como tal. Kant otorga, en consecuencia, un
papel meramente heurístico a la idea de una finalidad en la naturaleza. Podemos
concluir, entonces, que mientras que Kant niega, Hegel afirma, que podemos
conocer a la naturaleza como un organismo.
Ahora
bien, ¿cuáles son las razones de este movimiento? ¿Por qué postular lo
absoluto?, ¿por qué otorgarle validez constitutiva a la idea de la naturaleza
como un organismo?
Hegel
responde a esta cuestión en 1801 en Diferencia
entre los sistemas de filosofía de Fichte y Schelling (ver (Hegel 1990)). Allí Hegel sostiene que sólo podemos solucionar los problemas de
la filosofía de Fichte si asumimos la existencia del absoluto de Schelling, lo
que quiere decir que sólo podemos trascender los problemas de la filosofía de
Fichte si le damos valor constitutivo a la idea de la naturaleza como un
organismo vivo.
En
la Doctrina de la ciencia (1794)
Fichte parte de lo que considera la dificultad fundamental irresuelta en la Crítica
de la razón pura de Kant: el problema de la deducción trascendental de las
categorías. Este problema, como ya lo señalamos, plantea la siguiente cuestión:
¿Si nuestros conceptos a priori se
derivan del entendimiento, como sabemos que se van a poder aplicar a las
intuiciones de la sensibilidad que son a
posteriori?
Kant
había sostenido que estos conceptos se aplican a la experiencia porque son su
condición necesaria. Los conceptos del entendimiento determinan las condiciones
generales bajo las que podemos tener representaciones. Por ello, son válidos
para las representaciones, pero no más allá de ellas. Cómo ya señalamos los
críticos de Kant entendían que el problema era irresoluble en virtud del
dualismo kantiano.
En
línea con los críticos de Kant, Fichte entendía que hay que superar el
dualismo porque, de otro modo, no podemos explicar cómo es posible el
conocimiento y acabamos irremediablemente en el escepticismo. Fichte creía que
la manera de superar este problema era postular el ‘principio
de la identidad entre sujeto y objeto’.
Ahora
bien, razonaba Fichte, el único tipo de conocimiento que satisface las demandas
de la identidad sujeto-objeto es el autoconocimiento. En el autoconocimiento, o
autoconciencia, -por ejemplo el cogito
cartesiano-, el sujeto que conoce es idéntico al objeto conocido. El
autoconocimiento, transformado en el paradigma de todo conocimiento, dota de un
programa a la filosofía de Fichte. En palabras de Beiser:
“Si
podemos mostrar que nuestro conocimiento de un objeto en la experiencia es, en
realidad, sólo una forma de autoconocimiento, entonces podremos mostrar que el
conocimiento es posible” ((Beiser 1999a): 12)
Pero,
la objeción se impone inmediatamente: ¿nos conocemos a nosotros mismos
conociendo objetos ordinarios? Fichte responde negativamente a esta pregunta,
separándose de Berkeley. Más bien realiza un replanteo del problema. El sujeto
de conocimiento, el que se conoce a sí mismo en cualquier acto de conocimiento,
no son los sujetos individuales, sino el ego infinito o absoluto (un sujeto que
crea sus objetos en el mismo acto de conocerlos). Sin embargo, Fichte sigue
siendo lo suficientemente kantiano como para insistir en que el ‘ego
absoluto’ debe entenderse como un principio
regulativo y no como un principio constitutivo de la realidad. Es decir que
el ego absoluto no debe entenderse como algo existente.
Lo
novedoso del planteo de Fichte es que el ego absoluto no va a concebirse
meramente como un principio heurístico, sino como un postulado necesario de la
moralidad. Las exigencias de la moral requieren comportamientos autónomos,
actos de sujetos que se constriñan únicamente por la ley de la razón. En
consecuencia, estamos tanto más cerca de cumplir con las exigencias de la moral
cuanto más eliminamos nuestra naturaleza sensible, la que nos hace estar
expuestos a causas externas a nosotros mismos. Cuanto más logra el hombre
controlar la naturaleza, haciéndola apropiada a sus fines racionales, más se
acerca el ego finito al ideal del ego infinito. Apréciese aquí un elemento
pragmático en la filosofía de Fichte: el conocimiento es posible como
resultado de la acción, no de la contemplación. La acción produce las
condiciones que hacen posible el conocimiento. Sólo podemos disminuir el
dualismo, y lograr la identidad de sujeto-objeto requerida por el conocimiento,
a través de la acción, esto es, luchando por hacer que la naturaleza se
conforme a nuestros fines racionales. Para Fichte, como luego para Marx, los
misterios de la filosofía trascendental se disuelven en la práctica.
Schelling
y Hegel consideran que la solución propuesta por Fichte adolece de una
debilidad insuperable en la medida en que otorga un estatus meramente regulativo
a la unidad de sujeto y objeto. Se preguntan, en consecuencia: ¿Cómo es
posible el conocimiento si depende de una condición que no puede cumplirse
nunca? En virtud de esta objeción y de las consecuencias que la misma acarrea,
Schelling y Hegel dan el paso ulterior consistente en otorgar un estatus
constitutivo, y no meramente regulativo, a la idea de lo absoluto. Tenemos que presuponer
que la identidad de sujeto y objeto existe, y más aún, tenemos que suponer
que existe dentro de la dualidad de sujeto y objeto que encontramos en la
experiencia. Como lo señala Beiser:
Es
necesario, en otras palabras, suponer que cuando el ego finito conoce un objeto
que parece ser dado, externo, esto es, en realidad, su auto-conocimiento
subconsciente como yo absoluto. En otras palabras, tenemos que concebir a lo
absoluto como una sustancia infinita simple, cuya naturaleza consiste en ser una
fuerza viva y cuyos atributos son lo subjetivo y lo objetivo. ((Beiser 1999b)
:15)
La
idea subyacente es que sólo si pensamos a la naturaleza como un organismo y a los sujetos
cognoscentes como partes de la misma, podemos explicar las interacciones entre
sujeto y objeto. Lo que, en términos kantianos, equivale a decir que hemos
realizado una deducción trascendental
de la idea de la naturaleza como un organismo y de la unidad de sujeto y
objeto[14].
En contra de Kant, para Schelling y Hegel, esas ideas metafísicas no son meras
ficciones heurísticas, son condiciones de posibilidad de la experiencia.
2. Epistemologías de lo
absoluto.
El
movimiento que acabamos de describir, del que resulta que lo absoluto no es
concebido ya como una hipóstasis trascendente (como Dios o el alma en la metafísica
tradicional), es todavía puramente intelectual, lo que hace falta para tornarlo
más concreto es exhibir la manera en la que lo absoluto está enraizado en
nuestra experiencia.
En
los 1800s Schelling desarrolló una complicada epistemología intentado proveer
una respuesta para esta cuestión. Schelling reconocía, con Kant, que no
podemos demostrar lo incondicionado a través del razonamiento discursivo. Pero
Schelling se dedicó a enfatizar especialmente las características de la razón
como un poder intuitivo. Se interesó especialmente, en consecuencia, por la
manera que mostramos verdades matemáticas a través de la intuición. Por
ejemplo, demostramos que dos líneas paralelas no se intersecan a través de un
dibujo de dos líneas equidistantes en un pizarrón. Esto, se argumenta, pone de
manifiesto que poseemos una capacidad de intuición intelectual.
Ahora
bien, bajo el supuesto que hay una capacidad de intuición racional o
intelectual ¿Cómo obtenemos conocimiento de lo absoluto a través de la misma?
De acuerdo a Schelling logramos el conocimiento de lo absoluto a través
del conocimiento de lo particular. La idea de Schelling es que cuando
captamos perfectamente una cosa particular (es decir, cuando la conocemos en su
individualidad), llegamos al conocimiento de lo absoluto, el todo en el que
todas las diferencias desaparecen. Nuevamente recurrimos a Beiser:
De
la misma manera que en la construcción matemática hacemos abstracción de
todas las propiedades accidentales de una figura (que esta escrita con tiza, en
un pizarrón) para verla como un ejemplar perfecto de una verdad universal, en
la construcción filosófica abstraemos todas las propiedades específicas de un
objeto para ver en él el todo absoluto. Entonces, si enfocamos en el objeto
mismo, haciendo abstracción de todas sus propiedades, deberíamos ver su
identidad con la totalidad del universo, puesto que las cosas sólo se
distinguen por sus propiedades. ((Beiser 1999a): 17)
Hegel
compartió, durante algún tiempo, el método de la intuición intelectual de
Schelling. Como ya señalamos, se alejó de este método fundamentalmente por
considerar que la intuición intelectual es vacía, ya que identificamos los
objetos aplicándoles conceptos (ver el apartado 4 de este trabajo sobre la
certeza sensorial) y que es esotérica, esto es, carece de medios racionales de
persuasión frente al desacuerdo, no
pudiendo proponer una vía racional de acceso a lo absoluto. Es decir, en caso
de desacuerdo, la propuesta schellingiana debe limitarse a constatar la
diferencia y, eventualmente, afirmar que el adversario carece de la capacidad de
intuición intelectual. Consecuentemente, Hegel propuso un método discursivo,
la dialéctica, para mostrar cómo tenemos conocimiento de lo absoluto. En la Fenomenología,
el movimiento dialéctico es motorizado al confrontar la pretensión de
conocimiento de la conciencia ordinaria con su propio estándar de conocimiento.
Por ello, en la Fenomenología,
Hegel parte del “saber que se manifiesta”. La conciencia que sabe algo tiene
una certeza, pero aspira a un saber independiente de su certeza. Esta aspiración
nos procura, de modo implícito, un criterio para confrontar, y eventualmente
criticar, su certeza. Por ejemplo, la ‘certeza sensorial’ que consideraremos
en el último apartado, consiste en la certeza de aprehender lo real, pero esta
aprehensión se realiza bajo una determinada concepción. Lo real de la certeza
sensible es lo inmediato, los entes concretos, individuales. Entonces, la
certeza de la certeza sensorial se basa en la creencia de haber captado lo real
porque ha captado entidades individuales. Pero, ¿ha captado entidades
individuales?, y si no lo ha hecho ¿qué es lo que ha captado como real? La
dialéctica discurre, como veremos en el apartado 4, a través de la confrontación
entre certeza y concepción.
3. Más allá del límite o
Hegel crítico de Kant.
Hegel
ha sido un crítico de Kant, tanto de su filosofía práctica como de su filosofía
teórica. La importancia de esta crítica para el desarrollo de la filosofía
hegeliana difícilmente pueda exagerarse, por lo menos si otorgamos crédito al
comentarista que sostiene que “la totalidad del programa y concepción de la
filosofía de Hegel descansa sobre la refutación de la limitación kantiana de
la razón”[15]
Las
críticas de Hegel pueden clasificarse en tres grupos:
(a)
el tratamiento del yo y la apercepción
(b)
las críticas vinculadas a la deficiente explicación kantiana de la necesidad
de nuestro conocimiento, y
(c)
la idea de que un estudio preliminar del conocimiento es un error.[16]
Nos
limitaremos al tercer grupo de críticas, especialmente las vinculadas con la
concepción de lo absoluto presentadas en la introducción a la Fenomenología
del espíritu.
La
“Introducción” a la Fenomenología del espíritu comienza con una referencia a una
concepción del conocimiento que lo concibe por analogía con una herramienta.
De esta analogía se desprende que el examen de la ‘herramienta
conocimiento’ debe preceder al uso de la misma. Es sencillo reconocer a la
filosofía kantiana como objetivo crítico de esta observación.
Dejemos
a Hegel presentar su propia posición:
Es natural pensar que,
en filosofía, antes de entrar en la cosa misma, es decir, en el conocimiento
real de lo que es en verdad, sea necesario ponerse previamente de acuerdo sobre
el conocimiento considerado como el instrumento que sirve para apoderarse de lo
absoluto o como el medio a través del cual es contemplado. Parece justificada esta preocupación, ya que, de una parte, puede
haber diversas clases de conocimiento, una de las cuales se preste mejor que las
otras para alcanzar dicho fin último, pudiendo, por tanto, elegirse mal entre
ellas; y, de otra parte, porque siendo el conocimiento una capacidad de clase y
alcance determinados, sin la determinación precisa de su naturaleza y sus límites
captaríamos las nubes del error en vez del cielo de la verdad. E incluso puede
muy bien ocurrir que esta preocupación se trueque en el convencimiento de que
todo el propósito de ganar para la conciencia por medio del conocimiento lo que
es en sí sea en su concepto un contrasentido y de que entre el conocimiento y
lo absoluto se alce una barrera que los separa sin más. ( (Hegel 1971): 51, el
subrayado es mío)
Hemos
destacado dos expresiones en esta cita, la oración inicial “Es
natural pensar que…” y “Parece
justificada esta preocupación…”, puesto que a nuestro juicio revelan la
clave de la argumentación de Hegel. La primera pone de relieve que la posición
considerada es, a juicio de nuestro autor, un supuesto, algo que los filósofos
creen, o han llegado a creer, que va de suyo. Un supuesto contrasta con una
proposición cuya verdad ha sido garantizada filosóficamente. Por ello la
segunda expresión subrayada señala que la posición considerada tiene la apariencia
de una proposición filosófica, es decir, parece
ser, sin serlo, una proposición dotada de una justificación. Una mirada
atenta no dejará de percibir una tensión entre ambas expresiones. Cuando
tomamos algo como natural, lo que hacemos es, justamente, dejar de examinar y
preguntar por su justificación. De esta manera, Hegel llama la atención sobre
un presupuesto no justificado, aunque tal vez justificable, ubicado justamente
en los inicios de cierto modo de filosofar. Este presupuesto, de acuerdo a
Hegel, caracteriza a la filosofía kantiana y en general a las filosofías que
adoptan lo que podríamos denominar el “método crítico epistémico”[17].
El método crítico epistémico se caracteriza por la convicción de que antes
de enrolarnos en la empresa del conocimiento tenemos
que asegurarnos si nuestro entendimiento tiene la capacidad para realizar las
tareas que nos proponemos. La defensa natural, que encontramos desafiada en el párrafo
inicial de la “Introducción”, es que esta suposición nada presupone acerca
de nuestra capacidad de conocer.
Para
clarificar la estrategia argumentativa de Hegel, vale la pena señalar que él
mismo reconoce que la imposición de un límite a nuestra capacidad de
conocimiento se sigue de una manera fatal una vez que adoptamos este ‘supuesto
natural’. En efecto:
…si
el conocimiento es el instrumento para apoderarse de la esencia absoluta,
inmediatamente se advierte que la aplicación de un instrumento a una cosa no
deja a esta tal y como ella es para sí, sino que la modela y altera. Y si el
conocimiento no es un instrumento de nuestra actividad, sino, en cierto modo, un
médium pasivo a través del cual llega a nosotros la luz de la verdad, no
recibiremos ésta tampoco tal y como es en sí, sino tal y como es a través de
este médium y en él. ((Hegel 1971): 51)
A
lo que Hegel agrega: “En ambos casos empleamos un medio que produce lo
contrario a su fin, o más bien el contrasentido consiste en recurrir en general
a un medio.” Es decir que, en su opinión, el ‘supuesto natural’ del método
crítico epistémico no sólo no esta justificado sino que, además, es absurdo.
Afortunadamente,
Hegel amplía sus reparos al mismo. Las críticas de Hegel a esta posición
pueden agruparse bajo dos rótulos. Podemos llamarlas la “crítica metafísica”
y la “crítica epistemológica”.
La
“crítica metafísica” está expuesta, fundamentalmente, en la “Introducción”
a la Fenomenología. Allí Hegel
sostiene que lo que en el primer párrafo calificaba de “preocupación
aparentemente justificada” esconde en realidad una contradicción:
Da
por supuestas, en efecto, representaciones
acerca del conocimiento como un instrumento
y un médium, así como también una
diferencia entre nosotros mismos y ese conocimiento; pero, sobre todo,
presupone que lo absoluto se halla de un
lado y el conocimiento de otro,
como algo para sí y que, separado de lo absoluto, es, sin embargo, algo real [reell];
presupone, por tanto, que el conocimiento, que al ser también fuera de lo
absoluto es también fuera de la verdad, es sin embargo verdadero, hipótesis
con la que lo que se llama temor a errar se da a conocer más bien como temor a
la verdad. ((Hegel 1971): 52)
Este
fragmento puede leerse con la clave que presentamos al comentar la noción
spinociana de lo absoluto. La idea misma de una realidad absoluta no puede ser
satisfecha más que por el universo como un todo, ya que cualquier otra opción
haría de lo absoluto algo limitado y, en consecuencia, susceptible de ser
conceptualizado desde afuera.[18] Para Hegel, entonces, en
primer lugar, la idea de una realidad absoluta que no incluya al conocimiento y,
en segundo lugar, la concepción del conocimiento como algo real que, sin
embargo, no forma parte de lo absoluto, están ambas implicadas en el
“supuesto natural” considerado inicialmente. Estas ideas son ambas
contradictorias en sus propios términos, lo que implica que aunque el supuesto
natural pueda parecer justificado, es reducido al absurdo por estas
consecuencias. Esta separación
obstaculiza dos de los propósitos más valorados por Hegel, como señala
Hyppolite: “lo absoluto sería distinto del conocimiento: ni lo absoluto podría
ser saber de sí mismo ni el saber podría ser saber de lo absoluto” (
(Hyppolite 1998): 9)
La
crítica metafísica puede reelaborarse en clave epistemológica. La crítica
epistemológica toma como punto de partida la afirmación del filósofo crítico
acerca de que lo único que tenemos son principios de conocimiento que se
aplican a las “cosas para nosotros” pero no a las “cosas en sí”. De
acuerdo a Hegel, esta afirmación violaría la postulada limitación de los
conocimientos refutándose a sí misma. En efecto, la afirmación de la
restricción de nuestro conocimiento a las ‘cosas para nosotros’ es una
pretensión absoluta de conocimiento.
Por
ello, veamos la “crítica epistemológica” con algún detalle.
La
crítica epistemológica aparece delineada con más claridad en la Lógica
de la Enciclopedia:
Uno
de los puntos de vista capitales de la filosofía crítica es que, antes de
proceder al conocimiento de Dios, a la esencia de las cosas, etc., es preciso
indagar la facultad de conocer para ver si es capaz de realizar semejante tarea;
se debería aprender a conocer el instrumento antes de comprender la labor que
por su intermedio ha de llevarse a cabo; porque si el instrumento fuese
insuficiente todo esfuerzo resultaría estéril. Tal pensamiento ha parecido de
tal modo plausible que ha despertado la mayor admiración y adhesión, y ha
reconducido el conocer, del interés por sus objetos y del ocuparse de éstos, a
sí mismo, al conocimiento formal. Pero si no queremos plagarnos de palabras, fácil
es comprender que otra clase de instrumentos pueden examinarse y emplearse de
otro modo que no sea el trabajo mismo a que están destinados; pero la indagación
del conocimiento no puede efectuarse de otro modo que conociendo, de lo que se
deduce que indagar este llamado instrumento no es otra cosa que conocerlo. Por
consiguiente, querer conocer antes de conocer es absurdo, tan absurdo como el
prudente propósito de aquel cierto Escolástico, de empezar a nadar antes de
arriesgarse en el agua. ( (Hegel 1985): 8; § 10)
Una
herramienta ordinaria, un martillo por ejemplo, puede evaluarse de manera
independiente, es decir, sin utilizar la propia herramienta. Podemos evaluar si
un martillo sirve para golpear en determinada superficie sin tener que
martillar, por ejemplo examinando la dureza relativa del acero de que está
hecha la cabeza del martillo y la dureza del material que tenemos que golpear
con el mismo. Sin dar un solo martillazo podríamos saber si un martillo es o no
es apto para determinada tarea. La analogía entre la herramienta ordinaria y la
“herramienta conocimiento” falla en virtud de que es justamente esta
posibilidad la que no está disponible en el caso del conocimiento. La
determinación de lo que puede y no
puede el conocimiento consiste justamente en conocer
qué puede y qué no puede el conocimiento. Cuando presentamos el problema de
esta manera, vemos que nos encaminamos, no hacia la determinación segura y
definitiva de los límites del conocimiento, sino hacia un regreso infinito: una
vez realizado el primer paso deberíamos preguntarnos si el conocimiento tiene
la capacidad de conocer sus propios límites que fue presupuesta y no examinada
en el primer paso del examen y así sucesivamente. O bien, para respetar la
dirección que la comparación con el “cierto Escolástico” le otorga a la
analogía, antes de comenzar la investigación acerca de las
limitaciones de nuestro conocimiento, tendríamos que investigar nuestra
capacidad para llevar a cabo esta investigación y así hasta el infinito.
Consideremos
las posibles réplicas a estas críticas de parte del filósofo crítico.[19]
Por lo que respecta la cuestionada analogía del conocimiento con una
herramienta, el filósofo crítico se vería obligado a reconocer que la
generalidad del alcance de la capacidad reflexiva de conocer la hace diferente
de cualquier herramienta ordinaria, y por ello a conceder en parte la objeción.
Pero sin embargo el filósofo crítico puede argumentar que la analogía con una
herramienta no funciona en su pensamiento como un “supuesto natural” como
pretende Hegel. Karl Ameriks argumenta que la postulación kantiana de las
formas de la sensibilidad y el entendimiento no son presupuestos sino que son conclusiones
de un razonamiento regresivo. De acuerdo a Ameriks, una vez que estas formas han
sido descubiertas Kant se vio obligado a presentar un argumento adicional para
mostrar que son formas, herramientas nuestras para captar algo que, en sí
mismo, es diferente de nosotros. Este paso adicional es la demostración de la
idealidad trascendetal de nuestros objetos de conocimiento, o lo que Ameriks
llama la “tesis de la restricción” (ver (Ameriks 1985): 2, 6 y 16). De
acuerdo a Ameriks, Hegel se confunde al creer que la tesis de la restricción es
una consecuencia de la deducción trascendental cuando en realidad es una
consecuencia de la dialéctica trascendental, que muestra, a través de las
antinomias, que las formas de nuestro espíritu descubiertas en la deducción
trascendental sólo tienen un uso confiable en el dominio de la experiencia
posible. En consecuencia, el filósofo crítico, aún reconociendo que la
facultad de conocer no es, debido a su alcance, análoga a una herramienta
ordinaria, puede insistir en que esta facultad puede usar el principio de
contradicción para evaluar regiones específicas de la propia capacidad. Este
es el rol que desempeñan las antinomias. Como resultado de este examen podemos
concluir que algunas partes de la capacidad tienen un alcance limitado y que, en
ese sentido, son como medios o herramientas que cumplen su propósito dentro de
determinados limites. (ver (Ameriks 1985): 17-18)
Karl
Ameriks ha señalado que la crítica que Hegel realiza en términos del intento
de aprender a nadar antes de aventurarse en el agua, puede recibir una traducción
no metafórica en términos del “problema del criterio” presentado por
Roderik Chisholm. El “problema del criterio” tiene la forma de una paradoja:
para poder presentar una pretensión cognitiva, uno debe saber que la misma
satisface determinados criterios que la hacen un conocimiento adecuado, pero,
simultáneamente, uno no puede tener una idea de los criterios que hacen que un
conocimiento sea adecuado, a menos que uno conozca ya algunas cosas
particulares. Chisholm clasifica las respuestas al problema del criterio en
“metodistas” y “particularistas” Una respuesta “metodista” consiste
en suspender el juicio acerca de conocimientos particulares hasta tanto no
hallemos un criterio general de adecuación cognitiva. Una respuesta
“particularista” supone que poseemos ciertos conocimientos con anterioridad
a disponer de un criterio de lo que los hace conocimientos; obtenemos un
criterio general a partir de la reflexión sobre estos casos. El propio Chisholm
adopta una posición “particularista” considerando que el problema del
criterio sólo afecta a las posiciones metodistas. La crítica de Hegel
descansaría en la interpretación de Kant como un “metodista”, lo que nos
lleva a preguntarnos cómo es que Kant espera deducir un criterio de
conocimiento sin admitir conocimientos particulares, lo que sería análogo a
querer aprender a nadar sin aventurarse en el agua. Ameriks considera que la
interpretación de Kant como un “metodista” es inadecuada a Kant, puesto que
éste no está interesado en determinar cuál es el criterio de conocimiento
sino que su interés es, dados ciertas enunciados aceptados (por ejemplo, que
algo sucede en t), ver cuáles son sus
condiciones necesarias[20]. (ver (Ameriks 1985):
15-16)
Por
otra parte, el filósofo crítico podría reconocer que Hegel ha sacado a la luz
un presupuesto de su argumentación. Pero, acto seguido, podría pasar a
argumentar a favor del mismo. Hegel ha mostrado que el método crítico fracasa
cuando recorre la vía cartesiana y busca, consecuentemente, encontrar un camino
que le ahorre de modo definitivo tomar las nubes del error por los cielos de la
verdad (ver (Hegel 1971): 51). En
esta línea el filósofo crítico aparece como alguien que encara las cosas en
el orden equivocado, como sugiere la comparación con el escolástico. Pero el
filósofo crítico podría apelar a otra analogía. Podría sostener, por
ejemplo, que él mismo no es como quien intenta aprender a nadar antes de
aventurarse al agua, sino como alguien que, habiendo aprendido a nadar y habiendo
nadado ya, ha corrido el riesgo de ahogarse. Los extravíos en el agua y los
riesgos de muerte se corresponden, en el plano del conocimiento, a la metafísica
y la teología. En consecuencia, a través de la nueva analogía rechaza el
calificativo de sobreescrupuloso, y reclama el de prudente: él quiere saber cuán
lejos se puede llegar nadando, para saber qué metas es racional plantearse y cuáles
deben resignarse.
En
relación a esta última respuesta, Hegel podría darse por satisfecho con haber
presentado un argumento que derrote a la versión
sobreescrupulosa, ya sea que este argumento se aplique o no a la versión
prudente del filósofo crítico. En efecto, la versión prudente del filósofo
crítico hace del examen previo del alcance de las facultades de conocimiento
una cuestión contingente, opcional. No hay necesidad filosófica
en comenzar de esta manera, se trata de un asunto de prudencia, en el que, como
es sabido, siempre hay varias respuestas legítimas. Hegel,
decíamos, probablemente se daría por satisfecho con mostrar que hay una
pregunta escondida en el procedimiento crítico: ¿Qué garantías podemos tener
de alcanzar el conocimiento de lo absoluto? y reemplazarla por otra: ¿Por qué
deberíamos necesitar una garantía de este tipo al comienzo de nuestras
investigaciones? ¿Por qué no comenzar y luego ver que tan lejos llegamos?
(ver (Stern 2002): 39-40).
En
cualquier caso, Hegel considera que con el cuestionamiento del supuesto natural
del filósofo crítico ha ganado el derecho a comenzar. En consecuencia, Hegel
se plantea la pregunta ¿Por dónde comenzar? Hegel considera que sería
infructuoso comenzar directamente por la filosofía sistemática. Si comenzáramos
directamente, presentando un sistema de filosofía, entonces hallaríamos que lo
que afirmamos no puede probarse frente a concepciones rivales:
En
efecto, la ciencia no puede rechazar un saber no verdadero sin más que
considerarlo como un punto de vista vulgar de las cosas y asegurando que ella es
un conocimiento completamente distinto y que aquel saber no es para ella
absolutamente nada, ni puede tampoco remitirse al barrunto de un saber mejor en
él mismo. Mediante aquella aseveración
declararía que su fuerza se halla en su ser; pero también el saber carente de
verdad remite al hecho de que es y asevera
que la ciencia no es nada para él, y una
aseveración escueta vale exactamente tanto como la otra. Y aún menos puede la
ciencia remitirse al barrunto mejor que se daría en el conocimiento no
verdadero y que en él mismo señalaría hacia ella, pues, de una manera, al
hacerlo así, seguiría remitiéndose a un ser y, de otra parte, se remitiría a
sí misma como al modo en que es en el conocimiento no verdadero, es decir, en
un modo malo de ser y a su manifestación, y no a lo que ella es en sí y para sí.
Por esta razón debemos abordar aquí la exposición del saber tal y como se
manifiesta. ((Hegel 1971): 53-54). [21]
El
problema que presenta aquí Hegel es que la ciencia se presenta siempre
como verdadera, y por ello como absoluta. En consecuencia, el hecho de que una
concepción esté acompañada por la creencia de que es verdadera, de que una
concepción aparezca coronada con la convicción de ser un acceso adecuado a lo
absoluto, no nos permite escoger entre una posición y otra. Cualquier
concepción que aspire a ser una concepción correcta, está además acompañada
por la creencia de ser una concepción correcta. Por tanto, si fuéramos a
presentar desde el inicio una concepción filosófica sistemática, aquella que
creemos o sabemos verdadera (es decir el sistema hegeliano), deberíamos, además,
presentar un criterio que nos permita demostrar
la verdad de nuestra propia concepción frente a otras concepciones que aspiran
a ser verdaderas. En cualquier otro caso, por las razones formales aducidas (la
necesaria correlación entre “creer
que p”
y “creer que p es verdadero”),
ambas concepciones serían equipolentes, afirmando ambas su verdad, lo que, de
acuerdo a lo que venimos viendo, no se distingue de afirmar su ser: la convicción
de ser verdaderas, es algo que viene con el mero hecho de ser
concepciones o creencias. Notemos que esta interpretación no arroja luz sobre
la frase final de la cita de Hegel: “Por esta razón debemos abordar aquí la
exposición del saber tal y como se manifiesta.”. Pero volveremos sobre esto
en breve.
El
argumento prosigue con el cuestionamiento del propio intento de provisión de un
criterio semejante:
Si
ahora investigamos la verdad del saber, parece que investigamos lo que este es en
sí. Sin embargo, en esta investigación el saber es nuestro
objeto, es para nosotros; y el en
sí de lo que resultara sería más bien su ser para
nosotros; lo que afirmaríamos como su esencia no sería su verdad, sino más
bien solamente nuestro saber acerca de él. La esencia o la pauta estaría en
nosotros, y lo que por medio de ella se midiera y acerca de lo cual hubiera de
recaer por esta comparación, una decisión, no tendría porqué reconocer
necesariamente esa pauta. ( (Hegel 1971): 57)[22]
El
examen externo del saber, que es lo que resultaría si propusiéramos nuestra
propia concepción filosófica junto con un criterio para examinar las
pretensiones de saber alternativas, no
nos permite trascender la situación de mutua afirmación y equipolencia que
tendría por misión resolver. Está en la propia naturaleza de la posición
adoptada al realizar un examen externo, que implica la adopción de una posición
de juez, el que la posición examinada aparezca como mera creencia y nunca como
saber, ya que la verdad y la justificación de la creencia –es decir, lo que
hace de la creencia un saber- han sido puestos en suspenso justamente por estar
la creencia bajo la situación de examen. Pero las cosas discurren con simetría
perfecta del lado de la posición examinada. Pues, recordemos, se trata de un
examen externo y no de uno al que la posición examinada se aviene
voluntariamente; la posición examinada es para sí misma un saber y considera a
la otra posición –a la que llamamos inicialmente posición del juez o posición
examinadora- que pretende conocer una verdad diferente a la suya propia, como un
no saber, como una mera creencia cuya verdad está en suspenso. Así las cosas,
el desarrollo lógico de la posición examinada tiende al examen de la posición
examinadora. Es decir, estando ella misma convencida de su saber y quedando en
suspenso el saber de la otra posición, que aparece como mera creencia, nada es
más natural que acometer el examen de la misma. Este examen será también
externo. Pero, lo que es más importante, esto implica trocar el rol de posición
examinada por el de examinadora. De donde resulta que en la situación de examen
externo no puede esperarse una resolución racional. Dada la situación de
examen externo no podemos más que esperar que una afirmación se oponga a la
otra.
Así
las cosas, parece que, luego de haber desechado la manera crítica de comenzar a
filosofar, no podemos encontrar una concepción que nos permita trascender la
misma. Hegel constata que por fortuna tenemos una vía de sortear esta
dificultad:
…la
naturaleza del objeto que investigamos rebasa esa apariencia de separación y de
presuposición. La conciencia nos da en ella misma su propia pauta, razón por
la cual la investigación consiste en comparar la conciencia consigo misma, ya
que la distinción que se acaba de establecer recae en ella. Hay en ella un para
otro, o bien tiene ella, en general, la determinabilidad del momento del saber;
y, al mismo tiempo, este otro no es solamente para
ella, sino que es también fuera de esta relación, es en
sí, el momento de la verdad. Así, pues, en lo que la conciencia declara
dentro de sí como el en sí o
lo verdadero tenemos la pauta
que ella misma establece para medir su saber. ( (Hegel 1971): 57)
Ahora
podemos comprender porqué debemos comenzar por “el saber tal como se
manifiesta”. El saber que se manifiesta está en condiciones de realizar su
propio examen. La conciencia que sabe algo,
tiene una certeza, pero aspira a un saber independiente de esta certeza, es
decir que tiene una concepción, mayormente implícita, de porqué el objeto de
su certeza es conocido adecuadamente. Por ello el filósofo no tiene que proveer
un criterio para evaluar al saber que se manifiesta, sino que puede limitarse a
observar el desarrollo del proceso. El proceso que denominamos “dialéctica”
consiste, principalmente, en el proceso por el que la conciencia que levanta una
pretensión de conocimiento, lleva a cabo la comparación del saber (pretensión
de conocimiento) con sus propios criterios, implícitos, de adecuación. Esta
comparación la lleva a cabo la conciencia misma que cree saber, ya que la misma
no puede tolerar desajustes entre el objeto que conoce y su concepción de lo
que conoce. Tolerar ese desajuste sería, para la conciencia, tanto como admitir
que no es un saber y retractar sus pretensiones de conocimiento. El otro rasgo
definitorio de la dialéctica hegeliana, y de fundamental importancia para la
cuestión del límite, es la noción de “negación determinada”. Cuando
asistimos a los desajustes entre la concepción de lo verdadero y el objeto
conocido no asistimos meramente a un desajuste o falta de concordancia entre la
conciencia y su objeto, sino, simultáneamente, a la aparición de un nuevo
objeto. El objeto se revela como no siendo así
(como dictaba nuestra pauta de saber adecuado), pero “no ser así” es
siempre, inevitablemente, “ser asá”.
En este “ser asá” hay implícita
una nueva concepción de conocimiento adecuado, una nueva pauta. Veremos en el
próximo apartado una muestra de este proceso en la primera manifestación del
“saber que se manifiesta”, la dialéctica de la certeza sensorial.
4. Certeza sensorial[23]
La
certeza sensorial es una forma de “conciencia natural”[24]
que consiste en el conocimiento cierto de lo que se le da de manera inmediata.
La certeza sensorial es presentada por Hegel como la manera más natural que
tenemos de pensar la relación de la mente con el mundo. Es por ello que el
examen del “saber tal como se manifiesta” comienza con la dialéctica de la
certeza sensorial.
La
certeza sensorial pretende ser, es decir se presenta como, una forma de
conocimiento inmediato. Pretende ser “aprehensión” y no “comprensión”
de la realidad.
De
acuerdo a Hegel esta forma de saber parece natural en virtud de que se apoya en
un supuesto que parece plausible, pero que es altamente problemático. Este
supuesto consiste en la convicción de que la certeza sensorial nos da la forma
de conocimiento más básico, el conocimiento de las entidades particulares.
Este supuesto, que otorga atractivo a la certeza sensorial, es a la vez la pauta
a partir de la que deberemos juzgar si la certeza sensorial se adecua a su
objeto: la certeza sensorial presume que puede captar una cosa en su plena
particularidad, su objeto es el individual concreto, dado a los sentidos,
captado antes de operar ninguna abstracción sobre el mismo.
De
acuerdo al punto de vista de la certeza sensorial, la “aprehensión”
es más básica que la “comprensión” porque los conceptos, en virtud
de que su esencia es aplicarse a muchas cosas diferentes, no nos permiten saber
nada de la cosa en tanto que individuo (los
individuos, de acuerdo a la certeza sensorial, son la verdadera realidad).
La
dialéctica de la certeza sensible se pone en movimiento, básicamente, en función
de que la certeza sensible, en la medida en que se presenta como conocimiento,
tiene que poder decir qué es lo que conoce. En consecuencia, Hegel interroga a
la certeza sensible qué es lo que su experiencia del objeto nos dice del mismo:
Hay
que preguntarle, por tanto, a ella
misma [a la certeza sensible]: ¿qué es el esto? Si lo tomamos bajo la
doble figura de su ser como el ahora y el aquí, la dialéctica
que lleva en él cobrará una forma tan inteligible como el esto mismo. A la
pregunta ¿que es el ahora? contestamos pues, por ejemplo, el ahora es
la noche. Para examinar la verdad de esta certeza sensible, bastará un
simple intento. Escribiremos esta verdad, una verdad nada pierde con ser puesta
por escrito, como no pierde nada tampoco con ser conservada. Pero si ahora,
este mediodía revisamos esta verdad escrita, no tendremos más remedio que
decir que esta verdad ha quedado ya vacía. ( (Hegel 1971): 64)
Tratemos
de poner de manifiesto más claramente la contradicción que aparece aquí. El
primer resultado de esta pregunta es que la respuesta de la certeza sensible,
“el esto es el aquí y ahora” no señala un rasgo que sea propio de un
objeto en su unicidad, ya que diferentes lugares y tiempos pueden ser “aquí y
ahora”. Cómo se señala en el fragmento citado, no tenemos ninguna dificultad
en concebir que el “ahora” que utilizamos para señalar este momento
particular podamos usarlo para señalar otros momentos. Dicho de manera llana,
con ‘aquí’ y ‘ahora’ podemos referirnos a diferentes situaciones
particulares. En consecuencia, si aquí y ahora son términos que
puede aplicarse a muchos individuos, resulta que, finalmente, ‘aquí’ y
‘ahora’ funcionan de la misma manera en que funcionan los términos
generales. Con ‘vaso’ no nos referimos a un individuo particular qua
individuo, sino en lo que tiene de común con otros individuos. Lo mismo ocurre
con “aquí” y “ahora”, el medio con el que la certeza sensorial pretendía
captar a los individuos en su unicidad.
La
dialéctica de la certeza sensorial manifiesta la contradicción de una concepción
de la realidad que, por un lado, se presenta como inmediata,
y, por el otro, levanta la pretensión de ser una forma de conocimiento.
Pero
lo que más importa para nuestro trabajo es que la dialéctica de la certeza
sensorial ejemplifica perfectamente la convicción hegeliana de que, si hay un límite,
hay algo más allá del límite y de que, cuando soy conciente de un límite,
tengo que ser consciente de algo más allá del límite.[25]
De acuerdo a Hegel, al
comprender porqué una forma de conciencia se contradice en sí misma, uno se
sitúa ya en la próxima etapa de la
dialéctica. Por ejemplo, comprender que “ahora” es la noche y que no es la
noche, es comprender que “ahora” tiene la estructura de un término general,
es decir, de un término que refiere a una instancia particular sin ser idéntico
con la misma. El conocimiento, (el ejemplificado por el “ahora” propuesto
por la certeza sensible) tiene la estructura de la referencia a una instancia
particular a través de un término general que puede, en principio, aplicarse a
otras instancias. Esto es justamente lo que Hegel entiende por percepción, que es el próximo paso en la Fenomenología,[26]
en el progreso del espíritu hacia el saber absoluto. En consecuencia, la dialéctica
de la certeza sensible ilustra la concepción hegeliana del límite, en el
sentido de que, cuando llegamos al límite de la certeza sensible, a la
conciencia de su inadecuación como una captación de la realidad, hemos, de algún
modo, al menos implícitamente, trascendido ese límite. Cuando criticamos a la
certeza sensible como una captación inadecuada de la realidad confrontamos lo
que cree y pretende ser con lo que en realidad es. Y es justamente en lo que la
certeza sensible es en realidad donde encontramos, si sabemos mirarlo, una nueva
pauta, una captación y una concepción de la realidad más rica y compleja, la
que da cuenta de la misma en términos de la percepción.
[27]
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[1] En esta presentación del contexto filosófico del pensamiento hegeliano hemos utilizado (Sprigge 1998), (Franks 1998) y (Horstmann 1998)
[2] Si bien el propio Kant fue conciente de este problema, para lo que propuso la noción de esquema como un intento de establecer un puente entre la sensación y el entendimiento, Maimon insistió en que ninguna solución coherente podía proveerse sin superar los dualismos kantianos. La cuestión subyacente es, ¿de qué naturaleza es la mediación propuesta por los esquemas, lógica o empírica?
[3] El hecho ha sido destacado por Gadamer en Verdad y método (ver (Gadamer 1996): 71). En un interesante artículo Michael Rosen ha argumentado que la problemática de las reglas es el mejor puente que podemos tender, de hecho para el autor dicho puente ya está tendido, entre la filosofía analítica y la filosofía continental. Utilizo varias de sus observaciones para la presentación del problema. (ver (Rosen 2001)). Véase también una presentación del pensamiento de Kant en una óptica afín a la propuesta de Gadamer en ((Beiner 1983) cap. 3)
[4] El sentido regresivo del pensamiento kantiano consiste en la apelación a razonamientos trascendentales. Es decir, razonamientos que, partiendo de un hecho bien establecido o considerado incuestionable (por ejemplo que hay conocimiento de la naturaleza o que hay juicios sintéticos a priori en las matemáticas), se remontan hasta las condiciones necesariamente involucradas en la ocurrencia del mismo, es decir, hasta sus condiciones de posibilidad. Charles Taylor (Ver (Taylor 1997)) presenta una interesante discusión de esta noción y de su relevancia en la filosofía contemporánea. El mismo autor analiza los capítulos iniciales de la Fenomenología del espíritu de Hegel (la sección ‘Conciencia’), como un argumento trascendental (ver (Taylor 1976)).
[5] ¿Estamos dando un paso hacia una lectura “materializante” del idealismo alemán y de Hegel en particular? Consideramos que la respuesta es negativa. En particular, en relación a la filosofía de Hegel, señalamos a continuación la afirmación acerca de que lo absoluto es el todo, la concepción de que el saber actualiza una posibilidad de la realidad, de manera que la realidad sería menos real (no absoluta) sin el saber acerca de sí misma y la concepción de lo absoluto como sujeto. Una versión materializante no podría dar cuenta de estas notas, como no podría hacerlo tampoco una versión inmaterialista. Acerca de este punto véase John McDowell ((1998): 306-07)
[6] En adelante nos referiremos a esta obra simplemente como Fenomenología.
[7] Robert Pipin desarrolla esta idea ((Pipin 1999): 59).
[8] Es esta idea de propósito la que permite otorgar sentido a muchos pasajes en los que Hegel se refiere a diferentes fenómenos (entidades o procesos) como siendo lo que no son (en el sentido de contener una orientación final que va más allá de sí mismos) y no siendo lo que son (no siendo meramente lo que puede constatarse acerca de los mismos por tener la orientación a trascender las determinaciones que pueden constatarse). Esta idea, leída en clave existencialista, influyó decididamente en la filosofía del siglo XX. (Ver (Kojève 1996): 13). Se reconoce en la misma, además, la herencia de la teoría aristotélica del acto y la potencia.
[9]
De acuerdo a la feliz expresión de Arthur Danto: “La temprana obra
maestra de Hegel, la Fenomenología del espíritu [Phänomenologie
des Geistes],
tiene la forma de Bildungsroman
[novela de formación], en el sentido de que su héroe, Geist [espíritu], atraviesa una serie de etapas con el fin de
alcanzar el conocimiento, no solamente sobre lo que es el conocimiento
mismo, sino también, de tomar conciencia que su conocimiento podría ser
vacío sin esa historia de contratiempos y entusiasmos inapropiados.”
((Danto 1997): 27)
[10] En este movimiento podemos observar cómo la filosofía hegeliana se toma en serio la idea de sustancia como “existencia independiente”. La idea tradicional de sustancia es la de algo que existe por sí mismo. La sustancia se contrapone a los accidentes o atributos, que “existen en otros”. Nunca nos encontramos con la blancura sino con cosas que son blancas. En consecuencia, decimos que la blancura “existe en otro”. Ese “otro” en el que podemos encontrar la blancura, son individuos o sustancias. Esta distinción sustancia-accidente está modelada en la distinción gramatical entre sujeto y predicado. La reflexión hegeliana muestra que si reflexionamos sobre lo que puede ser “realmente” sustancia, es decir sobre lo que puede realmente existir por sí mismo, nos embarcamos en un proceso de reflexión que se orienta por unas exigencias que no pueden ser satisfechas más que por la realidad toda.
[11]
Zygmunt Bauman señala cómo esta idea hegeliana, en términos de “la
historia que tiende a comprender la historia”, fue definitoria para el
pensamiento de Marx, Weber y Manheim. (Ver (Bauman 2002))
[12]
Por ejemplo, Frederick Beiser (Beiser 1999a), Robert Pipin (Pipin 1999) y
Robert Stern (Stern 2002)
[13]
Ver ((Guyer 1997) cap. 2)
[14]
Véase la nota 3.
[15]
Ivan Soll An Introduction to Hegel’s Metaphysics, Chicago, University of
Chicago Press, 1969, pp. 48-49, (citado por (Ameriks 1985): 1)
[16] Karl Ameriks analiza de las tres clases de críticas. (ver (Ameriks 1985))
[17] Ver ((Stern 2002): 39). Hegel ubica también a Locke como un representante de esta actitud. (ver (Hegel 2000): 66-67)
[18] Las concepciones contemporáneas que definen a lo real como aquello que satisface una función semántica (la posición de Quine por ejemplo: “ser es ser el valor de una variable”), presentan un análogo interesante de esta separación. Si lo real es lo que satisface una función semántica, uno puede preguntarse, entonces, si las propias funciones semánticas son o no reales.
[19]
Paul Guyer ((Guyer 1999)) toma una línea de respuesta kantiana a Hegel que
consiste en sostener
que Hegel no propone una “crítica interna” de Kant, sino una crítica
“externa”. En consecuencia, Guyer cuestiona que la crítica de Hegel a
Kant se dirija al mismo problema y deba juzgarse por los mismos estándares.
De acuerdo a Guyer Hegel pone sus propias ideas al leer a Kant, algo que se
explica por razones históricas, especialmente la lectura de Kant por
Fichte, pero que no puede sostenerse desde un punto de vista sistemático.
Con todo, Guyer reconoce que hay una verdad subyacente en la filosofía de
Hegel: la creencia de que los principios que Kant considera necesarios son
contingentes, históricamente contingentes. En este trabajo no
consideraremos la posición de Guyer, básicamente porque ello implicaría
una reorientación radical en los propósitos de nuestro trabajo hacia un
trabajo erudito acerca de la correcta interpretación del pensamiento de
Kant. Puede argumentarse, a favor de la opción presentada en nuestro
trabajo, que la omisión de menciones explícitas a Kant de parte de Hegel
responde a un propósito semejante al que llevó a Wittgenstein a comenzar
sus Investigaciones filosóficas con
una cita de Agustín en vez de con citas de Russell o Frege. De esta manera
Wittgenstein se proponía discutir no teorías particulares sino la
“proto-teoría”, es decir el conjunto de presuposiciones, la ‘Weltanschauung’, que subyace a múltiples
formulaciones teóricas.
[20] Ver nota 3.
[21]
Puede ser útil considerar las palabras que
utiliza Heidegger para esclarecer este difícil pasaje: “La ciencia emerge
como cualquier otro saber, Cierto que puede asegurar que ella es el
conocimiento absoluto ante el que las demás representaciones tienen que
desaparecer. Pero con semejantes manifestaciones lo único que consigue es
ponerse en el mismo plano que las manifestaciones vacías del saber.
Limitarse a asegurar que están ahí es algo que ellas también pueden
hacer. Una manera de aseverar es tan estéril como la otra. La mera
aseveración de algo no será lo que haga brotar la savia viva del saber
verdadero. Ahora bien, la ciencia puede desmarcarse de otra manera frente a
la manifestación vacía del saber, Podría remitir al hecho de que es ella
misma ese saber que busca dentro de sí, sin saberlo, el saber no verdadero.
La ciencia podría aparecer como eso verdadero que se presiente dentro de lo
no verdadero. Pero con ello la ciencia caería nuevamente en la mera
aseveración. Además, se reclamaría de un modo de aparición que no se
adecua en nada a ella en su calidad de conocimiento absoluto. Que lo
verdadero permanezca como meramente presentido es algo bien distinto de ser
lo verdadero en sí y para sí.” ((Heidegger 1994): 108).
[22] El problema presentado aquí es semejante a la discusión de problema presentado por Wittgenstein acerca del lenguaje privado. Esto es cuando menos cierto, en mi opinión, cuando se considera la discusión clásica de este problema en las versiones de Norman Malcolm y Alfred Ayer (ver (Ayer 1979) y (Malcolm 1963)). La discusión esntre estos autores giraba alrededor de las secciones § 258 y § 265 de las Investigaciones filosóficas de Wittgenstein (Wittgenstein 1999). Al final del § 258 Wittgenstein señalaba que la propuesta de una definición ostensiva interna como medio de darle significado a un signo acababe en la dificultad de que: “Se querría decir aquí: es correcto lo que en cualquier caso me parezca correcto. Y esto sólo quiere decir que aquí no puede hablarse de ‘correcto’” y la interpretación clásica de Malcolm entendía que la solución a esta dificultad debía buscarse en § 265 “pero la justificación consiste en apelar a una instancia independiente”. De acuerdo a esta interpretación clásica, las observaciones de Wittgenstein apuntan al hecho de que la evidencia subjetiva (parecer correcto, creer que es correcto) no puede proveer un estándar de corrección, mientras que una instancia pública puede proveer el requerido estándar, a lo que el crítico Ayer respondía que, si se fuera a poner en cuestión la capacidad de reconocer mis sensaciones, la apelación a un objeto público no podría serme de ayuda, ya que el reconocimiento de objetos públicos presupone dicha capacidad. No es sorprendente, en consecuencia, que Saul Kripke haya planteado su versión del argumento del lenguaje privado como una crítica inmanente de la noción de estándar de corrección concebido de acuerdo a los presupuestos del realismo clásico como condiciones de verdad. En su “solución escéptica”, la elucidación de la distinción ‘correcto-incorrecto’ no se realizará como algo interno a la conciencia como en el caso de Hegel, pero sí, lo que tiene un sabor hegeliano, las “condiciones de aseverabilidad” o “criterios” que reintroducen la distinción ‘correcto’ e ‘incorrecto’ sólo pueden aplicarse “para dar c